La Negritud


La verdad de África, de sus múltiples dimensiones, está todavía generándose en los entresijos de nuestra propia cultura. Se revela cuando menos lo espera uno en los planos afilados de una máscara o talla de ébano, en las escenas coloristas de las pinturas o telas o, como en este caso, entre las páginas de un libro, como “Historia de la literatura Negroafricana”, de Lilyan Kesteloot, la hija del capitán de un barco a vapor que navegaba por el río Congo y que ha dibujado en sus muchas páginas los orígenes relativamente recientes de las letras del continente cercano.
El volumen, traducido por Casa África, cuenta cómo junto a las vanguardias históricas de principios del pasado siglo en París, primero el dadaísmo y después el surrealismo, de Tristan Tzara y André Breton, respectivamente, convivieron personalidades y movimientos que pretendieron ingresar la identidad negra como un valor diverso y alternativo a lo establecido en la sociedad de la época, paralelamente a la sacudida enérgica y rebelde a las “buenas costumbres” que propinaron, como una patada en el trasero, los dadaístas en su ya mítico Manifiesto de 1918.
Aimé Cesaire, Emmanuel Dongala, Leopoldo Sédar Shengor o Cheikh Hamidou Kane, entre otros, son considerados ya clásicos en el panorama de la literatura mundial, pero en esa época eran jóvenes emigrantes que vivieron el ostracismo sistemático acotado por los blancos, es decir, la aceptación obligada de la superioridad axiomática de la raza por antonomasia del planeta, y que se traducía en citas que calificaban el orden establecido como un “abominable sistema de imposiciones y restricciones, de exterminación del amor y de limitación de los sueños, generalmente conocido como civilización occidental”.
Fue por esa época cuando surgió el movimiento de la Negritud, fundado por Senghor, Césaire y Damas, que otorga una forma de ser propia a los africanos y sus descendientes -a los continentales y a los de la diáspora esclavista hacia América y Europa- y dignifica esa cualidad, que no defecto. Por extensión valora como legítimas, y tan válidas como cualquier otra, sus costumbres y manifestaciones intelectuales, creativas y artísticas; en una razón de ser bien construida y consecuente con la propia historia de los pueblos de donde procedían.
Hoy en día África cuenta con literatos premiados por el Nóbel, artistas musicales y plásticos internacionales de primera magnitud, notables intelectuales y estadistas en la mayoría de los foros del planeta, e incluso un presidente en la primera potencia mundial, eso sin contar con los deportistas que a menudo constituyen la columna vertebral de los equipos más renombrados en cualquiera de las disciplinas de las que se trate a lo largo de todo el orbe.
Llegará un día en que la negritud no sea un lastre para las razas africanas, sino una garantía de muchos de los valores y cualidades que las civilizaciones occidentales han dejado por el camino a lo largo de su archiconocida carrera hacia lo que es hoy en día la globalización. Atrás quedaron los eufemismos no tan lejanos del “moreno” y el “hombre o la mujer de color” para evitar llamar por su nombre al negro, acepción de la que ellos nunca han dejado de estar orgullosos.

Pensamiento y literatura

A veces se discute sobre la existencia o no del pensamiento africano como se hacía en el medioevo del sexo de los ángeles, y eso ocurre seguramente por lo poco que sabemos de ambos, y también porque la escritura en las regiones subsaharianas parece ser un fenómeno relativamente reciente. No hace falta remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar las fuentes literarias de las que se nutren los autores contemporáneos que escriben ensayos, novelas o poesía, y se consideran clásicos, entre otros, a Senghor, Césaire, Nkrumah, Cabral, Fanon o Nyerere, fallecidos algunos de ellos hace tan sólo diez años.

Una de las claves de la irrupción tardía de las letras africanas en Occidente viene dada por la tradición oral, que ha jugado un papel casi fundamental en el legado de las sucesivas generaciones a lo largo de los siglos y los milenios en el continente vecino, y también porque, tras la colonización, los intelectuales tomaron la senda de la literatura para reivindicar, a veces, “la negritud”, concepto acuñado por Senghor, y para intentar satisfacer casi de forma obsesiva la necesidad de encontrar una identidad general propia como razón de ser del africano frente al mundo desarrollado.

Tampoco es casual que entre los nombres aquí invocados estén nada menos que el de tres presidentes de sus respectivos países, el propio Senghor, de Senegal, Nkrumah, de Ghana, y Nyerere, de Tanzania; y esto es así porque normalmente se podría admitir que la occidentalización del pensamiento africano vino urgida durante el siglo pasado por la impronta llevada a sus comunidades por muchos de los que estudiaron en Europa y mimetizaron la política y los sistemas democráticos desde su condición de inmigrantes en sus metrópolis.

No obstante, muchas veces la obra literaria africana se me antoja, cuando no dispersa, sí imbricada a un proceso de autoreafirmación constante que choca, de una parte, con la incomodidad de estar pisando un terreno ajeno en la forma de concepción del discurso y en la manera de querer trascender a otras civilizaciones muy lejanas y, como contrapartida, con la urgente necesidad de construir una plataforma ideológica lo bastante sólida para gritar al mundo la existencia de una historia digna e interesante que debe ser respetada por el extranjero y que representa un contrapunto visionario al mundo actual, materialista y depredador de las culturas y la naturaleza.

Lo cierto es que tengo que reconocer que ahora mismo no estoy seguro si hay más autores que escriben sobre África dentro o fuera del continente, es decir, si son más los africanos que hablan sobre su pensamiento o son los europeos, sobre todo franceses, belgas o británicos, los que tratan sobre temas africanos. Conviene añadir que afortunadamente comienzan a despuntar estudiosos en España, como Ferrán Iniesta, Albert Roca, Jokin Alberdi, Soledad Vieitez o Alfred Bosch, entre otros, de las universidades catalanas, andaluzas o vascas.

El solar más barato



Las masivas compras de terrenos que últimamente parece ser que llevan a cabo algunos Estados y grandes empresas en el continente vecino están suscitando un importante debate. En el foco se encuentran no sólo China o Corea del Sur, sino también algunas entidades europeas, sobre todo del Reino Unido, Alemania o Suecia. Y es que la demanda energética de los países desarrollados y la aplicación paulatina de los biocombustibles para suplir las cada vez más escasas reservas de petróleo precisan vastas extensiones de territorio donde cultivar las biomasas que después se han de transformar en fuente de energía. Ya el pasado año, medio centenar de ONGs africanas exigieron una moratoria al respecto, aduciendo que esta revolución traerá más inseguridad alimentaria, en vista de que el ritmo de privatizaciones de propiedades comunales ya es imparable, y que los cultivos de agrocombustibles amenazan con desplazar las cosechas tradicionales para el consumo nutritivo humano. Como precedentes podemos hablar de las reconversiones agrícolas que en este sentido han experimentado los Estados Unidos, Brasil y Asia, proceso que Europa tendrá que recorrer también si quiere sobrevivir al colapso energético. Sin embargo, lo que llama la atención en todas esas alternativas a los combustibles fósiles son las proporciones. Así, dicen los expertos que para llenar el tanque de un automóvil hace falta la misma cantidad de grano que para alimentar a un niño durante un año, aunque tampoco es nada nuevo que actualmente es bastante improbable que el gasto de ese niño en muchos lugares del continente cercano supere los 50 euros en el mismo periodo de tiempo. Según un informe de Oxfam Francia, son necesarios 232 kilos de maíz para producir sólo 50 litros de etanol, equivalentes a la misma cantidad de gasolina. Por eso el inmenso territorio africano es una vez más la reserva del mundo, de tal manera que muchas organizaciones comienzan a hablar de la “colonización verde”. La ONU ha denunciado que entre algunos países ricos y ciertas corporaciones internacionales ya han comprado este año tierras fértiles del tamaño de la mitad del área cultivable de Europa. Además, saliéndonos del ámbito de los biocombustibles, entre China y algunos países del Golfo Pérsico han adquirido millones de hectáreas para producir alimentos que no pueden obtener dentro de sus fronteras con el fin de satisfacer su demanda interna. De nuevo África se coloca en el centro de la polémica internacional como escenario de controversia entre ética y desarrollo, porque si de una parte necesita inversiones millonarias para entrar en la senda del progreso, en base a la creación de procesos que generen estructuras, industrias y tejido empresarial, de otra surge la vertiente de la explotación de los recursos por parte de los países ricos sin apenas contrapartidas económicas para la población local. Lo que está claro es que los grandes productores necesitan el continente vecino para cada vez más flancos de su aprovisionamiento vital porque muchos de ellos se quedan sin territorio propio de dónde poder sacarlo, y eso apunta de nuevo a mirar hacia África, que sin duda recibirá inversiones para carreteras, ingenios hidráulicos e infraestructuras, pero a qué precio. Por lo pronto se suceden las giras de los grandes mandatarios por los países subsaharianos, con mensajes de cooperación al desarrollo para sus homólogos locales, aunque resulta curioso que casi siempre son las regiones más ricas en recursos naturales o las ubicadas en puntos estratégicos las visitadas.

Cooperación universitaria


El acercamiento al continente africano es una senda irreversible para la comunidad internacional, al margen de las crisis económicas puntuales y otros fenómenos de frecuencia periódica. Es un hecho que las potencias mundiales, como los Estados Unidos y la UE, y las emergentes, como las que componen el BRIC, con la relevancia destacada de China, articulan sus políticas exteriores de aprovisionamiento de materias primas y comercio teniendo muy en cuenta a los países subsaharianos, de tal forma que muchos expertos consideran que África jugará un papel muy importante en el presente siglo. Asimismo, es insostenible la concepción de un mundo en eterno desequilibrio –no es natural- en el que una parte de él avanza vertiginosamente hacia la globalización económica, social, política y tecnológica, y otra, que representa la quinta parte del planeta en superficie y la sexta en demografía, permanece al margen, empobreciéndose progresivamente y alejándose de los objetivos universales del bien común. En este escenario, y dada su posición geográfica, Canarias está llamada a jugar un papel cuya dimensión y protagonismo está aún por determinar, a la espera de la orientación y eficacia de nuestras instituciones públicas y de que nuestros empresarios sepan rentabilizar los fondos de cooperación que ponen en juego los organismos de la ONU, Europa, el FMI o el BM; muchos millones de dólares y euros destinados a coadyuvar el despegue de civilizaciones estancadas en culturas milenarias. La ecuación que componen la pobreza, los recursos naturales y los casi mil millones de consumidores en potencia demanda la inclusión de un factor todavía incierto que, como solución, diluya la resistencia de los africanos a ingresar en el desarrollo; en cualquier caso, un galimatías que conviene ir desentrañando para establecer estrategias multinacionales de actuación. Por lo tanto, es muy conveniente que contemos con expertos e intelectuales que conformen la vanguardia que necesitan las organizaciones multilaterales para invertir sus esfuerzos con puntería, dado que es público y notorio que dedican mucha energía y medios a recapitular constantemente en torno a la máxima de enseñar, más que entregar. En este punto, ciertamente se echa de menos la contribución decidida de las Universidades canarias que, exceptuando solitarios, embrionarios y loables esfuerzos casi unipersonales, no terminan de creerse el futuro que se abre para nuestra comunidad desde las orillas de nuestras costas, con la llegada de esas incesantes “ilíadas” del siglo XXI, y que nos hacen desgraciados por no poder actuar contra las tragedias de miles de jóvenes que no ven otra alternativas de porvenir que el de jugarse la vida en el océano. Aparte de ser un compromiso moral, las instituciones académicas del Archipiélago por antonomasia tienen la oportunidad histórica de dirigir sus periscopios hacia la diversidad africana para marcar el camino al resto de la Humanidad, en el insólito reto de dar visibilidad a ese quinto continente, fundando especialidades, currículos y, por qué no, cátedras, que iluminen ese faro y reclamo para los estudiantes y profesores del resto de las prestigiosas universidades del planeta. Ya quisieran para sí Harvard o Cambridge estar en esta disposición geoestratégica que avala todo un campo de investigación, tan basto e inabarcable como son la historia –tan desconocida-, culturas, humanidades, economías, artes, etnografías, lenguas y otras muchas especialidades del gran abanico multidisciplinar del continente vecino.

Fuga de cerebros





Uno de los retos más importantes a los que se enfrenta África en la actualidad es frenar la fuga de sus cerebros. Se calcula que unos 20 mil profesionales cualificados abandonan cada año el continente, con lo que sus países se quedan sin médicos, enfermeros, economistas, ingenieros, informáticos, profesores universitarios y los maestros que necesita para salir del subdesarrollo en el que se encuentra. Los jóvenes ya no creen ni en sus dirigentes ni en las posibilidades de sus lugares de origen y más de 300 mil titulados superiores ejercen en cualquier otra parte del planeta. Según datos del Banco Mundial, en algunos estados el índice de emigrados supera el 50 por ciento de la población, tal como ocurre con Cabo Verde, Gambia o Sierra Leona. En Sudáfrica, el 37 por ciento de sus médicos y el siete por ciento de sus enfermeros trabajan en Alemania, Australia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña o Portugal y, según la Organización Mundial de la Salud, hay 38 países con escasez crítica de personal sanitario, sumando un déficit de 2,4 millones de médicos y enfermeros. Son, por ejemplo, menos los médicos nigerianos que prestan sus servicios en Nigeria que en EEUU, que también da trabajo a otros 700 galenos ghaneses. En Malawi, sólo el 5 por ciento de los puestos para especialistas están cubiertos. Aunque el sector sanitario es el más afectado, informes de expertos señalan que el déficit presente de pensadores e intelectuales entorpece el avance de África hacia los buenos gobiernos, una mejor democracia y un mayor respeto por los derechos humanos, y que de esta manera no será posible, ya con toda seguridad, alcanzar los Objetivos del Milenio propuestos por la ONU para reducir la pobreza a la mitad para el año 2015. En cuanto al campo de la enseñanza, este fenómeno agrava el nivel de deterioro de la formación de los jóvenes, con lo cual aquellos que no tienen dinero con que pagar los costosos estudios fuera del continente deben quedarse y recibir los conocimientos insuficientes que imparten un puñado de profesores que no cuentan, en muchos de los casos, con el material de apoyo necesario para una educación de calidad. Que algo está fallando en África es evidente, porque se trata del continente con más recursos naturales del planeta y ofrece magníficas perspectivas económicas a países como China y la India, que demandan importaciones ingentes de materias primas para mantener su crecimiento. Asia recibe ya el 27 por ciento de las exportaciones africanas, cifra que en el año 2000 no pasaba del 14 por ciento. De esas partidas, el 86 por ciento son petróleo y minerales. La paradoja está servida una vez más si se tiene en cuenta que las grandes potencias quieren invertir allí y los jóvenes africanos se ven forzados sin embargo a abandonar sus lugares de origen. A la diáspora se une el desinterés de los gobernantes locales, a quienes incluso les produce alivio quitarse de encima un problema que amenaza con crear tensiones dentro de sus estados, debido a la capacidad crítica de los intelectuales y profesionales cualificados con la gestión de unas políticas planteadas para conservar el poder de los clanes de las clases dominantes y el de sus allegados, otro de los aspectos que esta frenando el avance político, económico y social de la mayor parte de los países africanos. A medida que la clase media se desmorona y contribuye cada vez menos a la recaudación fiscal, al empleo y a la sociedad civil, el continente se expone a ver como sus habitantes se empobrecen cada vez más. La Comisión Económica para África ha advertido recientemente que los gobiernos tienen que asegurar que los especialistas permanezcan en sus países porque, de lo contrario, en un plazo de 25 años, se quedarán sin potencial capacitado para llevar a cabo las urgentes reformas que necesitan para superar la pobreza y el subdesarrollo.