Mauritania despega

Mauritania acaba de poner la directa para su recuperación económica, según un reciente informe del Fondo Monetario Internacional, y crecerá en torno a un 5,5 % durante el presente ejercicio, lo que redunda en los buenos resultados generales que venimos observando en el país vecino durante los últimos meses.

En un artículo anterior comentaba que era este estado del área cercana a Canarias el que más había progresado en cuanto a la libertad de prensa se refiere, algo impensable con un presidente, Mohamed Ould Abdelaziz, que venía de ganar las elecciones de julio del pasado año legítimamente, pero que tiene en su historial el haber tomado el poder a golpe de bayoneta en el anterior mandato para derrocar a su predecesor Sidi Ould Cheikh Abadallahi.

Con esos antecedentes, pocos observadores presagiaban la tranquilidad con la que ahora se desenvuelven en estos territorios las tribus nómadas que han poblado históricamente los desiertos de un país que tiene una superficie equivalente a dos veces la de España y tan sólo algo más de 3 millones de habitantes. Para asimilarlo desde la perspectiva occidental habría que entender que la democratización tal y como nosotros la concebimos, en ésta y otros muchas naciones africanas, nunca se ha materializado, ni en su orden político ni en sus costumbres milenarias, y continúan con su organización tribal y con las jerarquías de reparto que existieron siempre bajo el sol en las arenas y las dunas del Sahel.

Precisamente, en el transcurso del recientemente clausurado Salón Internacional del Libro Africano tuvo lugar un interesante debate entre el periodista y escritor mauritano Mbareck Ould Beyrouk, fundador del primer rotativo independiente local, y la antropóloga francesa Sophie Caratini, moderado por el escritor canario Pablo Martín Carbajal. Decía Beyrouk, ademas de que en su región el concepto de frontera era algo artificial y sobrevenido por la colonización, que los órdenes sociales y comunales de su tierra seguían inalterados y que los numerosísimos partidos políticos instalados en el arco parlamentario solamente respondían a la representación decimonónica de la presencia de las castas y familias tribales, aquellas que siempre supieron entenderse y arreglarse con la misma armonía antes de las imposiciones occidentalistas.

Creo que todos los que asistimos al acto entendimos que los poderes de los estados cercanos únicamente representan una especie de comedia pseudo democrática para contentar a las corrientes neocolonialistas que continúan pretendiendo adoctrinar a unas etnias y culturas que tienen su razón de ser profundamente arraigadas, con el fin de recibir aquellas contrapartida que otorgan las organizaciones multilaterales occidentales como chantaje para domesticar lo que no comprende.

Por lo visto, Mauritania ha aprendido la lección a su manera y colabora en ese pesado imperativo de la mundialización. Incluso ha emprendido una cruzada armada contra las facciones terroristas de Al Qaeda del Magreb, que secuestran a los europeos para sacar importantes cantidades de dinero por su rescate.

En cualquier caso, es de celebrar que este pobre país cercano esté logrando una etapa de estabilidad política, social y económica, que apunta a un futuro muy esperanzador para sus gentes y para sus vecinos, entre los que nos encontramos los canarios.

La nueva África



Los ecos del debate internacional sobre el continente vecino que se inició en la capital de Costa de Marfil, Yamoussoukro, a raíz de la celebración del 50 aniversario de su independencia, a principio de este mes, parecen haber polinizado una gran parte de la intelectualidad africana. Al lema inicial de “Otra África está naciendo” del presidente local, Laurent Gbagbo, ha seguido la intervención de muchas personalidades que han postulado por la definitiva descolonización de los países subsaharianos. Incluso algunos ponentes llamaron a dejar los eslóganes para tomar el toro por los cuernos y han exigido el máximo de los esfuerzos en pos de la libertad.

Cabe preguntarse a estas alturas por las razones que impidieron que las naciones africanas no hayan logrado hasta la fecha integrarse en la mundialización, tal y como hicieron los asiáticos, y que el medio siglo transcurrido desde las independencias de éste y otros tantos 17 estados vecinos no haya sido suficiente para consolidarlos, en base a procesos constitucionales válidos y estructuras democráticas generales equilibradas. Eso sí, lo que han intentado los ponentes del congreso denominado “La independencia y sus perspectivas en África” es estimular la capacidad de los negroafricanos para poner en marcha una nueva era de integración a través de la comunión panafricanista y de una “tormenta de ideas” que contribuya a despejar los obstáculos que llevaron al fracaso a la mayoría de los países del entorno.

Los expertos han analizado aspectos políticos, sociales, económicos, culturales, educativos, medioambientales y de seguridad con el fin de comenzar a construir el futuro desde las bases de una nueva forma de aplicar las características multiétnicas de las realidades subsaharianas, y han proyectado las conclusiones correspondientes en el marco de los próximos 50 años. Asimismo, le han dado un valor crucial a la juventud y han enviado mensajes para que aprendan de las lecciones del pasado y de los errores que han jalonado el devenir de los acontecimientos desde los años 60, cuando se creyó que el futuro del continente vendría dado simplemente por el hecho de que se retiraran los colonizadores y dejaran tras de sí las estructuras administrativas y los edificios creados para la gobernanza de los pueblos.

Además, algunos intervinientes han dibujado un porvenir demasiado optimista en base a un inminente boom económico continental, debido sobre todo al alza de los precios de las materias primas, que permitirá un rápido crecimiento, aunque también han advertido del peligro de la corrupción y de la verticalidad de las instituciones públicas, que ahoga el desarrollo de un tejido social y productivo poco evolucionado debido a la endogamia del poder. Intentaron dejar claro que para que triunfe el afrooptimismo frente al afropesimismo deben removerse muchos obstáculos, empezando por resolver el problema de la falta de correspondencia entre las aspiraciones y voluntad de las poblaciones y las clases dirigentes, clientelistas y alejadas de la realidad, algo que supone uno de los grandes obstáculos al progreso de las regiones.

En última instancia, lo que se echa de menos es la irrupción de nuevos líderes íntegros, formados y preparados que, como Nkruhma o Sankara, sean capaces de afrontar los difíciles retos que se presentan para que las sociedades africanas logren emprender esa senda propia que ponga ante los ojos del mundo la nueva África que vislumbra el propio Gbagbo.

Cruel Sahel


Las organizaciones humanitarias vienen advirtiendo desde hace meses de la hambruna que se produciría este año en la franja del Sahel. La sequía y una terrible plaga de langosta acabaron con las expectativas de la cosecha de la que viven la mayoría de los habitantes de los países que van desde el sur de Mauritania hasta Eritrea, pasando por Malí, Burkina Faso, Níger o Chad, una situación que se agrava con las fuertes lluvias de la estación húmeda que ahora se precipitan sobre la región y que provocan enfermedades como la malaria, el cólera, la hepatitis o las diarreas.

La alarma no es nueva porque se trata de una de las zonas más áridas del planeta, conformada por un grupo de estados que figuran entre los más pobres del mundo, donde ya de por sí la existencia es muy dura a lo largo de todo el año, pues, entre otras cosas, deben vender sus diezmados cultivos en épocas en que la caída de los precios dejan paupérrimos beneficios, debido a la gran oferta existente en el periodo de recogida, mientras que el escaso ganado que no ha muerto por la ausencia de pastos y agua sirve como contrapartida para adquirir de nuevo lo que se vendió antes pero a precios más caros. Además, las circunstancias son cada vez más graves debido al cambio climático, que hace que las estaciones sean extremas y acaben con las pocas esperanzas de supervivencia de los humanos que tuvieron la mala fortuna de nacer en aquellas latitudes.

Otro de los factores aciagos del presente del Sahel es la crisis financiera internacional, pues los donantes retiran una buena parte de las partidas que en otros tiempos solían otorgar para luchar contra la hambruna crónica de estas comunidades. Las organizaciones humanitarias se desgañitan para recabar las ayudas, pero reciben porcentajes muy por debajo de lo necesario para combatir los efectos del drama. Así, la Cruz Roja ha hecho un llamamiento de emergencia para prevenir que la inanición se generalice en la región, donde unos 8 millones de personas están amenazadas por la escasez de alimentos, de tal forma que muchas familias pueden sentirse dichosas por poder realizar una comida diaria a base de millo y agua. El resto está sujeto a la caridad y a la disposición de las agencias humanitarias a llevar cargamentos de provisiones que están costando recabar en los países desarrollados y que seguramente llegarán demasiado tarde.

A todo ello hay que añadir las calamidades que dejan las lluvias torrenciales, que derrumban infraestructuras, anegan las carreteras y destruyen los hogares de miles de familias, aparte de las muertes que causan los accidentes que provocan las incesantes precipitaciones y las epidemias que se ceban con las poblaciones debido a la malnutrición severa de muchas de ellas. Mención especial entre estos estados hay que dedicarle a Níger, el más pobre del mundo y el epicentro de la devastación natural por falta de recursos, donde la patética escasez de existencias presagia una hambruna catastrófica estos meses. Allí, cerca de 4 millones de personas, el 28% de la población, están afectadas directamente por la inseguridad alimentaria.

Lo que está claro es que año tras año el Sahel es noticia por la extrema pobreza que padecen sus habitantes, un drama que se produce ante nuestras propias narices en medio de una indolencia generalizada difícil de comprender en este nuevo siglo que comienza.

La Françafrique

Cuando el actual presidente francés, Nicolas Sarkozy, tomó posesión de su cargo, prometió una nueva era en las relaciones de su país con África. Desde entonces, los hechos no hacen sino confirmar que eso no va a suceder en absoluto y que posiblemente continuará con la misma estrategia hegemónica que han seguido todos sus antecesores desde la época del general De Gaulle.

Sin ir más lejos, el pasado día 14 de julio, fecha en que conmemoraron los franceses su Fiesta Nacional, 14 países del continente vecino se vieron más que menos obligados a desfilar por los Campos Elíseos junto a las fuerzas armadas galas para exhibir la “grandeur” de la ex metrópoli, como si la colonización jamás se hubiera extinguido. Sólo el presidente de Costa de Marfil, Laurent Gbagbo, se negó a que las tropas de su país formaran parte del acto en París, lo que le ha valido sucesivas críticas por parte tanto de algunos medios de comunicación franceses como marfileños, que le han llegado a calificar de “rebelde”, además de otros comentarios similares de algunas de las naciones que sí acudieron al despliegue militar y de las fuerzas fácticas oficiosas del entorno del Palacio Presidencial francés.

Actualmente, el Estado galo es el tercer socio comercial de África, por detrás de China y EEUU, cuando hace apenas diez años los países francófonos realizaban la mitad de sus intercambios comerciales con Francia, que a todas luces ya no puede seguir el ritmo de antaño en sus campañas financieras internacionales, y eso pesa mucho para un imperio que fue todopoderoso en el continente cercano y una referencia omnipresente en cualquier rincón de la geografía de lo que han dado en llamar la “Françafrique”, un término acuñado en los años 50 por el primer presidente marfileño, Félix Houphouët-Boigny, para referirse bienintencionadamente al dilatado dominio del paternalismo galo en sus colonias.

Hoy en día la “Françafrique” ha perdido su significado original para convertirse en el sinónimo del doble juego que Francia ha venido desplegando en sus “posesiones” africanas, es decir, la guerra sucia, el apoyo a los peores dictadores y la inversión permanente del mensaje del buen pastor para liberar la parte oculta de sus intereses en un mundo sin leyes, donde abundan la criminalidad política, maniobras económicas abusivas y el apoyo, e incluso el abono, de guerras civiles para mantener a salvo los beneficios.

La reciente historia de las ex colonias francesas está llena de operaciones más o menos subrepticias del control de París sobre sus recursos naturales y las acciones de las multinacionales galas para hacerse con ellos sin apenas pagar su precio, como ocurrió con el Congo Brazzaville, de donde se llevaron el petróleo, manipularon las cuentas para crear una deuda artificial y se enriquecieron con la venta de las armas que sirvieron para destruir el país.

Precisamente hoy Costa de Marfil celebra el cincuenta aniversario de su independencia con una serie de actos en su capital, Abidjan, una inmejorable ocasión para comprobar si el Estado galo se cobra la deuda del plantón de Gbagbo a Sarkozy el mes pasado o si, por el contrario, el presidente francés está dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva con la herencia tradicional de la parte más obscura de la Françafrique en lo que han sido sus territorios neocoloniales africanos.
Playa de Almadies, Dakar.

Tricontinentalidad

Las estrategias del Archipiélago para acercarnos a África a veces se diluyen, aunque estén ahí, detrás de una sucesión de gestos institucionales que no parecen avanzar gran cosa en la dirección adecuada. A menudo la impresión es que se trata de un quiero y no puedo por parte de nuestras autoridades, a las que, salvo contadas excepciones y a pesar de las buenas voluntades, se les nota demasiado que no creen decididamente en que Canarias debe asumir ese papel de liderazgo en las relaciones de Europa y el resto de occidente con el continente vecino.

Muchas cosas están en juego hoy para las futuras generaciones en esta región privilegiada por su situación geográfica respecto a esa inmensa e inmediata masa continental que más pronto que tarde se pondrá en pie, un territorio lleno de riquezas y de posibilidades de futuro que tenemos que vislumbrar para actuar adecuadamente. Si no, que se lo pregunten a Francia, a EEUU o a China.

Teniendo en cuenta que en la actualidad mandan los cauces tecnológicos, es evidente que la globalización de las comunicaciones es cada día más un hecho incuestionable para la interconexión cultural de las regiones del mundo, lo que prodigará toda suerte de convergencias entre los lugares más lejanos y una comunión progresiva hacia la evolución unitaria de la Humanidad.

África es un continente que se abre y que, al mismo tiempo, padece un papel anacrónico en el concierto de las sociedades, debido sobre todo al atraso que sufre precisamente por el ostracismo al que está sometido por los efectos de la rapidez con que evolucionan los mercados y los ingenios en el resto del mundo, que amenazan con arrinconar a las comunidades negras en sus respectivas aldeas.

Hoy quiero romper una lanza a favor de una corporación local, el Cabildo de Tenerife, que, a pesar de serlo, parece tenerlo claro, pues viene, paso a paso, grano a grano, construyendo una relación inteligente con los países cercanos. Esta institución lleva a cabo una labor de compromiso con África y con el futuro que a mí, personalmente, se me antoja muy acertada, porque de una parte pone en marcha acciones de cooperación al desarrollo basadas en aspectos que pueden contribuir al progreso realista de las poblaciones y, de otra, apuesta por engancharse a las sinergias tecnológicas internacionales que desde Europa y América apuntan hacia el continente vecino.

Erre que erre, el Cabildo activó un proyecto de modernización de municipalidades africanas, otros de energías alternativas y una iniciativa experimental para obtener biocombustible en territorios yermos senegaleses, mientras que también ha apostado por incluir la Isla en el tendido de un cable que conecta a África con el resto del mundo y se ha puesto a construir un punto de acceso neutro, el NAPWACI, para la parte occidental del continente africano que puede convertirla en uno de los núcleos distribuidores y de almacenamiento de datos y comunicaciones más importantes del Atlántico.

La pena es que todas las administraciones canarias no caminen de la mano para afrontar una ingente labor que a todos nos conviene poner en valor cuanto antes para cumplir definitivamente con ese reto de tricontinentalidad del que tanto hemos oído hablar en los últimos años.
Mindelo

Genocidios

En el continente africano las cosas a menudo no son como parecen, y no pocas veces han existido intereses turbios neocoloniales detrás de los grandes acontecimientos recientes. Cuando esos acontecimientos se saldan con la muerte de cientos de miles de personas, se les aplica el calificativo de genocidio, se buscan a unos cuantos nativos propicios como culpables y se activa la regla abusiva de la cortina de humo para esconder los pecados de los máximos representantes de la comunidad internacional.

Si ha habido un episodio sangriento y descomunal en la África contemporánea del que todavía no se ha explicado toda la verdad, éste ha sido las matanzas de Ruanda y Burundi de los años noventa del pasado siglo. Y no se ha profundizado lo suficiente porque algunas potencias mundiales tuvieron mucho que ver en la negra historia de un pueblo conformado por dos etnias, hutu y tutsi, en el que fue creciendo poco a poco un sentimiento de rencor tal que se convirtió de pronto en combustible al que sólo había que acercarle una cerilla para incendiarlo.

Lo cierto es que la actuación de Bélgica, metrópolis histórica de la actual Ruanda, que colocó a la minoría tutsi en la cima del poder mientras le convino, a pesar de saber que la mayoría hutu se sentía afrentada por el dominio sistemático y axiomático del adversario, provocó una reacción en cadena que fue la que derivó posteriormente en sucesivos enfrentamientos cada vez más sanguinarios. Los tutsis fueron masacrados y expulsados por los hutus, armados y apoyados logísticamente por Francia, en 1994 bajo el lema de “golpeemos juntos”, con un papel destacado de miembros de la iglesia católica local, que arengaba desde la Radio de las Mil Colinas a la “caza del tutsi”, en lo que fue el gran genocidio de la región. Algunos observadores hablan de que todo estuvo bien planeado de antemano, con una permisividad extrema que facilitaba a las milicias hutus comprar armamento y machetes financiados nada menos que con el dinero sacado de programas de ayudas de cooperación al desarrollo internacionales.

El Frente Patriótico Ruandés, compuesto por exiliados tutsis, entre los que se encontraba el actual jefe del Estado, Paul Kagame, repudiado en Madrid por Zapatero, había invadido varias veces el país desde la vecina Uganda, a donde habían huido, hasta que los acuerdos de Arusha les permitió volver y participar en el Gobierno. La muerte en 1994 del entonces presidente de Ruanda, el hutu Juvenal Habyarimana, y de su homólogo de Burundi, Cyprien Ntaryamira, en un atentado aéreo del que aún no se ha podido probar ninguna autoría, desembocó en la gran masacre que se saldó con la muerte de aproximadamente 800.000 ruandeses, sobre todo de la etnia tutsi.

Mientras ocurría la dantesca tragedia, el mundo entero parecía ajeno al paroxismo y no se preocupó de intervenir para detener la barbarie, hasta que la magnitud del drama casi se extinguió por si misma. Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Bélgica, ni Alemania, ni la ONU, reaccionaron más que para especular con sus intereses en la región. Y la comunidad internacional continúa señalando a los culpables entre los integrantes de estas dos etnias, que hoy hacen todo lo posible por olvidar e iniciar una nueva fase de la historia de un pueblo traumatizado por el odio y el dolor.
Monumento en Dakar.

La sucesión de Wade

Cada vez se habla más en Senegal de la sucesión del actual presidente, el octogenario Abdoulaye Wade, que ha venido gobernando el país durante los últimos diez años. La escena política de la nación vecina se ha encendido desde que apareció en ella su hijo Karim, primero de una forma prudente, con el encargo en 2002 de dirigir la Agencia Nacional de la Organización de la Conferencia Islámica, que ha cambiado notablemente el rostro de Dakar debido a la inversión económica de 57 países musulmanes de todo el mundo, para ostentar en la actualidad las carteras de Estado, Cooperación Internacional, Planificación Regional, Transporte Aéreo e Infraestructuras. Su protagonismo en el Ejecutivo ha sido tan progresivo y meteórico que se ha rumoreado que el padre prepara la “abdicación” en su hijo antes de las elecciones generales de 2012, como si de una monarquía hereditaria se tratara.

Precisamente, esta semana el periódico “Le Soleil” senegalés publicaba una entrevista con el poderoso vástago en la que éste desmentía categóricamente esa posibilidad, en respuesta a una pregunta de un periodista norteamericano, e incluso tachaba la supuesta maniobra de insulto a un pueblo que goza de una de las democracias más antiguas del continente. Añadía que cualquier persona que quiera acceder al cargo más alto del Gobierno debe viajar por todo el país para presentar su proyecto político y ganarse la confianza de los ciudadanos, convenciéndoles de la necesidad de elevar más que nunca los valores de la libertad e igualdad y erradicar la pobreza mediante la creación de empleo.

Sin embargo, las dudas surgen por doquier, no sólo entre los partidos de la oposición, sino también entre muchos de los aliados del presidente, que se han ido distanciando e incluso han abandonado su Partido Democrático de Senegal (PDS), del que es fundador el propio Wade, de inspiración liberal y centrista, y militan actualmente en otras formaciones nuevas. Es el caso de los ex primeros ministros Idrissa Seck, alcalde de Thiès y líder del Rewmi, que en wolof quiere decir “El País”, y Macky Sall, alcalde de Fatick y presidente de la Alianza para la República, quienes se presentaron en las últimas elecciones municipales de 2009 fuera del PDS y asistieron a la debacle del mismo en las ciudades más importantes de Senegal, entre ellas la propia Dakar, a la que Karim se presentaba como cabeza de lista, en favor de Khalifa Ababacar Sall, del Partido Socialista.

Lo que está claro es que muchos observadores siguen insistiendo en que el sueño de Wade para que le suceda su propio hijo no ha desaparecido y que estos dos años que quedan hasta las próximas elecciones servirán para comprobarlo, dado que se espera que ambos van a tener un desesperado protagonismo en futuras acciones para encausarlo y deberán luchar contra la desintegración del PDS y la efervescencia de los partidos de la oposición, cada día más unidos y agraciados paulatinamente con el apoyo popular. El anciano presidente debe ahora diluir el foco de atención que se ha posado sobre Karim, reconstruyendo su partido, atrayendo a los huidos, despejando la acción de gobierno, atajando las corruptelas y elevando el papel de la mujer, tanto en la sociedad senegalesa como en las instituciones, y así, quizás, pueda lograr colocar alguna herencia política consanguínea en el futuro del país.

África Andando


Entre aquellas personas que han pisado territorio africano persiste una sensación común de que algo ha cambiado en sus existencias para siempre. La filosofía de subsistencia que caracteriza a la mayoría de los pueblos del continente vecino empujan al visitante a un estado de reflexión constante sobre qué es lo importante de la vida y lo que no. La solidaridad, el cariño, el respeto a la naturaleza y la comunión familiar de la que hacen gala generalmente las sociedades subsaharianas nos envuelven con cierto estupor a la hora de volver la vista atrás para acordarnos de la civilización occidental en la que vivimos, llena de competitividad, materialismo, consumismo y vanos paraísos con los que somos tentados cotidianamente para gastar el dinero que ganamos muy por encima de cualquier otro salario africano, puesto que con un sueldo de los que se perciben en Europa se podría mantener a una familia entera durante varios meses en los países cercanos.

Estos y otros muchos aspectos serán los que se encontrarán los 20 jóvenes que viajaron ayer a Senegal para participar en el proyecto África Andando, una de las más interesantes iniciativas que se producen en Canarias para fomentar la cooperación con el continente vecino. Se podría decir que África tiene desde ayer 20 aliados nuevos con una edad -entre los 15 y 17 años- muy prometedora, porque es como si sembráramos el pensamiento positivo en unas generaciones que más pronto que tarde ocuparán puestos relevantes en el Archipiélago.

Esos chicos y chicas regresarán de su viaje de 14 días con sus impresiones de primera mano, que les hará convenir en que el continente negro no son sólo las guerras, el hambre, la miseria, los desastres humanitarios o las guerras, sino que comprobarán que más bien la tónica general de las comunidades que visitan es la paz, la comunicación, unas culturas muy vivas, la generosidad y la teranga, que es como se conoce en Senegal la hospitalidad. Volverán deseando repetir la experiencia muchas veces, sabiendo ya que hay otra forma de concebir el mundo muy diferente a la nuestra, a tan sólo escasos kilómetros de nuestras costas.

Es muy interesante además que convivan con grupos de muchachos nativos de su misma edad y que compartan actividades y vivencias que impregnarán mejor la forma de entender al otro, tan necesario en esta época de injusticias que permiten que mientras una cuarta parte de la Humanidad vive derrochando riquezas, el resto del planeta lo hace apenas con 1 euro diario. Que entiendan que las posesiones que nos inculcan a tener para ser felices en nuestras sociedades, en esos otros pueblos es simplemente el uso de lo que se va a consumir lo que se tiene día a día, y por ello no son más desgraciados. Al contrario, vendrán asombrados de la alegría que se han encontrado y de las sonrisas blancas de sus compañeros del otro lado del mar, que les preguntarán muchas cosas sobre Canarias y sus gentes.

Ojalá que nuestros jóvenes les cuenten que muchos chicos y chicas como ellos han muerto en medio del océano, o que han llegado a nuestras playas agotados y desfallecidos para acceder a un futuro en una tierra en la que echarán de menos sus costumbres y en la que tendrán que luchar mucho, con la soledad del extranjero, para poder acceder a un puesto de trabajo que les devuelva de nuevo con los suyos.

Las máscaras de Obiang

El presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, parece haber recibido el más que lógico rechazo de la comunidad internacional a que la UNESCO institucionalizara un premio científico en su honor con evidente disgusto. El dictador no ha tardado mucho en responder a través de un discurso en Sudáfrica para proclamar que va a emprender reformas masivas con el fin de promover la transparencia en su país, en una intervención en la que –dicen- ha mostrado su lado más humilde para pedir el respaldo de las instituciones multilaterales, en su intención de aplicar un paquete de medidas que, de cumplirse, se convertirían en una iniciativa histórica en sus 31 años en el poder.

Sin embargo, tal y como ya han criticado los opositores en el exilio, parece ser que se trata de la enésima maniobra del ventilador con el que maneja las acusaciones que le vienen golpeando por todos los flancos, porque el mandatario, aparte de pretender perpetuarse a través de un emblemático colofón de bien intencionado mecenazgo con fondos públicos -unos dos millones y medio de euros- para redimir sus culpas, no ha dudado en exponer que las críticas a su forma de gobernar, entre las que se encuentran las denuncias por que los cuantiosos ingresos por el petróleo sólo benefician a su familia y a sus protegidos mientras el pueblo se mantiene en la pobreza absoluta, son falsas y que, para demostrarlo, aplicará un programa de cinco puntos durante diez años en estrecha colaboración con la comunidad mundial y la Unión Africana.

Entre esas medidas, Obiang dice que rendirá cuentas públicas de las ganancias del sector energético y que potenciará un fondo de desarrollo social para que las riquezas sean invertidas en escuelas, salud, turismo, viviendas, infraestructuras, la creación de empleo y el desarrollo de instituciones democráticas, entre otras alternativas destinadas a elevar el nivel de vida de los ciudadanos. Además, asegura que implementará una reforma jurídica integral para defender los derechos humanos y civiles y, lo que es más curioso, que adoptará medidas de apoyo a la prensa local para que pueda actuar con independencia y libertad.

A estas alturas ya no se sabe si el dictador está cargado de un cinismo ciego para intentar confundir a la opinión pública mundial, cosa imposible dadas las innumerables evidencias de la aciaga praxis con la que trata a su comunidad de un millón de habitantes, o con los años se ha vuelto absolutamente senil, tanto como para ir de frente hacia unos testimonios demoledores, intentando camuflar sus actuaciones y la de los suyos, como la de su hijo Teodorín, inmerso en un proceso de saqueo monumental de fondos estatales; como si de un juego infantil del escondite se tratara.

La otra parte de la versión de los críticos más significados, como Severo Moto, Justo Bolekia o Donato Ndongo, entre otros, me la dio recientemente la intelectual María Nsue, lúcida escritora ecuatoguineana, quien me aseguró, con toda su convicción, que el viejo presidente estaba siendo engañado por todo el mundo en su país y que él mismo le había asegurado que estaba rodeado de corruptos, algo típico de aquél que se escurre con las tinieblas en sus talones, en un ambiente de alquimia ancestral lleno de demonios y máscaras africanas imposible de dilucidar. Digo yo.

La Gran Muralla Verde

Palacio Presidencial (Dakar).


El presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, está empeñado en un nuevo proyecto colosal, si bien esta vez la iniciativa, aunque parece ser más edificante que la de la famosa, protestada y carísima estatua del Renacimiento Africano en Dakar, es muchísimo más ambiciosa. El mandatario lidera la creación de la “Gran Muralla Verde”, un cinturón vegetal de más de 7.000 kilómetros de largo y 15 de ancho que se extenderá a través de varios países para detener el imparable avance del desierto norte-sur, que engulle 1,5 millones de hectáreas de terreno saheliano cada año.

El proyecto fue tratado recientemente por los estados implicados en una cumbre celebrada en Yamena, la capital de Chad, convocada para luchar contra el cambio climático, cuyos representantes al parecer han dado el visto bueno a esta empresa que, de tener éxito, conformará una barrera de árboles y arbustos resistentes a la sequía, en el plazo de tres años, entre el propio Senegal y Yibuti, en el extremo oriental de África, es decir, que atravesará todo el continente desde el océano Atlántico hasta el Índico. Casi nada.

Por lo pronto, Wade asegura que ya trabajan en su ejecución unas 2.000 personas desde el pasado mes de agosto, y que su gobierno ha invertido unos dos millones de dólares hasta la fecha, que han servido para plantar nada menos que 525 kilómetros de barrera. El resto de los países que tendrían que ponerse manos a la obra, además de Senegal y Chad, son Burkina Faso, Níger, Nigeria, Sudán, Malí, Mauritania, Etiopía y Eritrea, entre los que figuran varios con los índice de pobreza más elevados del mundo y graves procesos de conflictos civiles en sus territorios.

En principio, ésta iba a ser una ejecución netamente africana y un modelo a seguir para auspiciar la unidad en el Sahel, pero poco ha durado la intención. Wade ya ha pedido a la comunidad internacional y al Banco Mundial su apoyo para llevarla a cabo, una lástima, porque la otra lectura positiva de la iniciativa era precisamente que varios países del continente iban a trabajar juntos para llevar a cabo un gran proyecto y que esa unidad podría ser un estímulo para el despegue del panafricanismo, tan evocado desde los tiempos de la descolonización.

Ahora bien, lo que no se le puede negar al presidente senegalés es su firme convicción -o atrevimiento- para tirar de una idea que suena más a uno de sus sueños faraónicos que a una posible tarea factible, dados los enormes problemas que surgen por el camino, pues todos y cada uno de los países implicados deben comprometerse a contribuir con la generación de su parte del cinturón y su mantenimiento constante, a pesar de las situaciones de incertidumbre que surgen por doquier.

En última instancia, parece ser que África comienza a imitar a China, porque fue el gigante asiático el primero que llevó a cabo una empresa similar y con los mismos objetivos para cruzar la Mongolia interior, aunque la distancia a cubrir fue 10 veces menor que la que pretenden los africanos, por lo que el reto de Wade no sólo tiene visos de ser una empresa titánica de remota culminación, sino que puede quedarse en otro de los gestos megalómanos de este octogenario que en los últimos años parece querer pasar a la Historia por la puerta grande, sea como sea.
Isla de Gorée. Senegal.

Hampâte Bâ

Acabo de concluir la lectura de un bellísimo libro. Se trata de “Amkullel, el niño fulbé”, de Ahmadou Hampâte Bâ (1900-1991), traducido y editado por Casa África, en el que el autor describe etapas de su juventud como si de una enciclopedia resumida sobre la reciente historia y costumbres de la Curva del Níger se tratase. El volumen se desplaza por múltiples aspectos de su vida, en los que entrelaza el devenir de los reinos, imperios y estirpes de la región con relatos que describen con gran sensibilidad la idiosincrasia africana. Sus líneas transportan al lector por escenas humanas de una civilización de noblezas, lealtades, integridades, armonías ancestrales y el gesto compartido de personas de diversas etnias que en su camino van dejando, aún en medio de las desgracias comunes, la huella de los muchos valores que Occidente ha perdido definitivamente para ser lo que es hoy.

Reconozco que tenía mucho interés por acercarme al espíritu de Hampâte Bâ, desde que un día, hace varios años, me lo nombrara un colega de Senegal para repetirme una de sus frases más celebres, que sugiere que cuando un anciano se muere en el continente vecino, una biblioteca se extingue; y que viene a representar la desaparición de la sabiduría que atesoran los mayores como vehículos de la tradición oral heredada a lo largo de milenios, y que les hace ser respetables y respetados para las sociedades negras como un valor imprescindible de la culminación de la familia. La esencia de esa tradición oral no es incompatible con la imprenta ni con los avances tecnológicos porque está muy arraigada a la poderosa forma de ser del africano, incluso cuando escribe.

Por otra parte, la obra de este narrador y etnólogo maliense se ha convertido en una de las referencia por excelencia de la literatura africana, pues combina el tesoro de sus vivencias cargadas de africanidad con la ortodoxia literaria occidental, de tal forma que es posible para el extranjero entender y sentir en profundidad el encanto y las virtudes de la historia mítica de la que emanó la humanidad, con cercanía, calidez y hasta envidia sana por la felicidad con que, en líneas generales, las comunidades nativas existen y se vienen sucediendo unas a otras hasta la actualidad.

Las páginas que escribió Hampâte Bâ para describir el entorno de su niñez emocionan porque surgen de ellas las evidencias de una manera de vivir y entender la naturaleza que los occidentales recordamos sin haberlas vivido, de la misma forma que, cuando se pisa África, algo dentro de nosotros nos reclama como africanos, como si nos reconociéramos debajo de una pátina de polvo, en una escuelita remota o en algún rincón de cualquier paraje que creemos recordar desde el territorio de nuestros sueños.

“Amkullel, el niño fulbé” es un gran poema en prosa que lleva aparejada la epopeya del día a día, la ternura inmensa de una mente privilegiada y el testimonio de múltiples formas de expresar las razones de por qué el continente cercano es tan diferente. Nos empuja hacia la grandeza que se esconde debajo del escaparate ñoño, primitivo y descentrado con que los occidentales solemos percibir la realidad africana y, de camino, nos ayuda a profundizar en otra forma de entender la vida desde una perspectiva paradójicamente nueva, no sin cierto apego a la fina ironía, a la candidez celebrada y al humor sereno de quienes no abandonan las tradiciones ni a sí mismos.

El balón rueda ya


Ha comenzado el Mundial de Fútbol y el planeta entero dirige sus ojos por primera vez hacia el continente vecino, no para lamentar matanzas, hambrunas, guerras o desastres humanitarios, sino para disfrutar de un deporte que une las antípodas, incluso para este territorio que ha sido secularmente vencido, saqueado e ignorado por la civilización contemporánea del desarrollo, la democratización universal y la tan cacareada globalización.

El balón rueda ya en el estado anfitrión, Sudáfrica, que fue precisamente uno de los nombres por el que más repicaron las campanas informativas de la segunda mitad del siglo pasado, debido al proceso más llamativo de la lucha racial, el apartheid, en el que los nativos negros fueron desplazados durante décadas de cualquier opción de poder y dignidad por el régimen blanco afrikáner.

El balón rueda ya en el continente olvidado, un continente para el que el fútbol es un milagro o la tabla de salvación de un puñado de elegidos y sus familias, como Eto’o, Drogba o Zidane, y un juego muy serio para la aspiraciones de muchos chicos que juegan con las camisetas raídas del Barcelona, del Madrid o del Manchester United, en esos campos polvorientos, con balones de trapo y porterías desvencijadas, casi siempre mojones, en cualquier rincón de las ciudades o de las inmensas llanuras en las que se difuminan los pueblos desheredados de la mundialización.

El balón rueda ya en la tierra del gran icono de la esperanza africana, Nelson Mandela, que auspició una reconciliación casi imposible entre una ciudadanía dividida por el odio y el rencor absolutos, sobrevenidos por aquellos dilatados episodios de brutalidad, abusos y deshumanización racista que supuso el régimen separatista; un ídolo de la integridad y la conciencia negra que forma parte en vida de la leyenda que distingue a mitos como Nkrumah, Sankara, Cabral o Senghor, fallecidos hace años.

El balón rueda ya en muchos arrabales y aldeas africanas donde no hay agua corriente, electricidad, servicios sanitarios ni educación, pero donde sus gentes se reúnen frente a un único televisor para ver a los negros jugar contra los blancos, atletas millonarios que corren detrás de una pelota y cuyas fortunas superan muchas veces los presupuestos de sus pueblos, ciudades y estados, sin que nadie pueda parar ese carrusel desbordado de cifras injustas e inhumanas.
El balón rueda ya en un continente que lleva siglos esperando el respeto, la igualdad y la oportunidad de mostrarse tal como es, sin que eso suponga escarnios prepotentes ni el desprecio de otra civilización que se cree la destinataria del don de la verdad, de la impunidad, de la sabiduría y de la razón omnipresente que aliena cualquier otra forma de existir o de pensar.

El balón rueda ya en África y todo el planeta lo mira no para ver las paupérrimas tasas de escolarización, la mortalidad infantil debido a la falta de medicamentos, la ausencia de oportunidades para los jóvenes, el fruto de la decadencia del poder por el poder o la condena a la que están resignados cientos de millones de personas por haber nacido en la otra parte del espejo, sino para celebrar unos goles efímeros de un circo que genera unas riquezas que harían crecer campos y campos de trigo en el continente más pobre del mundo.
Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar

El conflicto eterno

Independientemente del desenlace de la crisis originada por el asalto-desastre del Ejército hebreo a la “Flotilla de la Paz”, promovida en Turquía para llevar ayuda humanitaria a la Franja de Gaza, habría que decir que se trata desgraciadamente del enésimo episodio del sempiterno combate árabe-israelí en Oriente Medio; una historia que se remonta a tiempos bíblicos, en una cadencia traumática que siempre ha tenido al pueblo de Sión como recurrente protagonista desde la fundación del primer reino de Israel, hacia el año 1300 antes de Cristo.

La comunidad palestina viene padeciendo no sólo una forma de genocidio por parte de los judíos, que regresaron a la tierra prometida después de haber sido perseguidos en medio mundo, sino que se ha convertido en la víctima propiciatoria de la necesidad imperiosa del llamado Pueblo de Dios de poseer un territorio propio donde reunirse y protegerse tras la diáspora producida por los sucesivos hostigamientos árabes, que les empujó al mar y les llevó finalmente a huir a Europa, donde miles fueron exterminados en los campos de concentración y las cámaras de gas nazis, en lo que hemos llegado a conmemorar con el triste nombre del Holocausto.

Además, a lo largo de los últimos 80 años, estos árabes acorralados en Gaza han sido vendidos y utilizados por los países hermanos de raza y religión, que buscaron intereses propios en las repetidas batallas que mantuvieron a un solo golpe contra la enrocada Israel, que se defendió como un gato panza arriba para poseer y retener su propia patria. De esta manera, Egipto, Siria, Jordania, Irak y Líbano han sido igual de responsables que los propios hebreos del estrangulamiento palestino.

En el devenir del complejo y caprichoso guión, Israel había aceptado el Plan de Partición de Palestina negociado por las Naciones Unidas en 1947, que otorgaba proporciones razonables de la región a ambas partes, y la posibilidad de reconocer el derecho de Palestina a constituirse como Estado, pero fueron los árabes los que rechazaron la iniciativa y provocaron un conflicto sostenido que ha cambiado de forma y de configuración geográfica varias veces a lo largo de sucesivas guerras, tan cortas como numerosas, y que han tenido como telón de fondo el sufrimiento de los refugiados palestinos, unos refugiados que fueron reconocidos, nacionalizados y protegidos en numerosas ocasiones por el propio Israel, pero no por el resto de los países árabes del entorno dentro de sus propias familias y fronteras.

La comunidad internacional, por su parte, no ha sabido ponerse en su sitio y se ha aliado con puntuales intereses, para desautorizarse una y otra vez frente a una lucha fraticida que amenaza con convertirse en eterna, con la paradoja de que esa parte de la cuenca mediterránea donde se originó la civilización moderna permanece en una situación anacrónica, generadora de odios que se retroalimentan y que mantienen a la razón como rehén de un rosario de justificaciones dislocadas, porque cuando no es la causa hebrea la que se impone como una apisonadora, son los terribles atentados integristas de Hamas los que escandalizan al mundo, eso sí, con mucha sangre y una desesperación a estas alturas irreparable.
Mindelo (Isla de Sao Vicente-Cabo Verde)

Conmemoración


El próximo martes se celebra el Día de África, justo dos semanas después del anuncio que el Gobierno español hizo en torno al recorte de 600 millones de euros en su Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD), una decisión que, es de temer, podrían imitar muy pronto otros países europeos. El pánico sobrevenido por esa crisis financiera que amenaza con proyectarnos a escenarios ya remotos de pobreza y paro es un hecho, sin duda, pero también lo es que las acciones que se han estado llevando a cabo en el continente negro para estimular su crecimiento y los niveles de necesidades básicas como la educación, la alimentación y la sanidad, aparte de la buena gobernanza, van a sufrir un importante retroceso.

Es una pena, porque quedan muchas asignaturas pendientes por el camino, máxime cuando algunos nos felicitábamos porque el ejecutivo de Zapatero había decidido recientemente delegar en Canarias las acciones de cooperación al desarrollo con nuestros vecinos, una iniciativa que parece peligrar en medio de la espantada general de un gobierno que donde dije digo, digo Diego. Además, la AOD hasta hace pocas fechas debía ser mantenida y potenciada al margen de los avatares y fluctuaciones de las economías, con el fin de contribuir a controlar las emergencias que se producen tan cerca y que han llevado a muchos jóvenes a perder la vida en medio del océano, aunque esto último a mí siempre me ha sonado a un eufemismo que esconde, a poco que se escarbe, el miedo directo al fenómeno de la inmigración.

He venido defendiendo -a contracorriente- la irrupción de China y otros países emergentes en el continente vecino, dado que no nos podemos permitir que la evolución de las regiones africanas dependa tan sólo de las políticas y vaivenes de unos pocos Estados y porque, para qué engañarnos, bajo el manto de la filantropía, unos y otros siempre han llevado aparejados intereses de devolución y explotación mercantilista de las grandes riquezas que, en líneas generales, los africanos no han sido capaces de rentabilizar.

Así y todo, esto de celebrar una vez al año la conmemoración de un continente –como un cumpleaños feliz- que permanece en la otra parte del espejo en el avance universal hacia el bienestar social, se me antoja cuando menos contradictorio, porque África debería estar en la mente de todos cualquier día del año, debido a la escandalosa circunstancia que confirma la excepción a una regla que se está dando sincrónicamente en todo el planeta, como es el progreso de los pueblos.

Al final, seguimos sin querer entender que el despegue subsahariano es imprescindible para la estabilidad del mundo y que necesitamos conocer de primera mano qué es lo que ocurre en ese gigantesco territorio para hallar respuesta a los aciagos acontecimientos que se han ido sucediendo a lo largo de los últimos años, como es el estancamiento crónico y los conflictos que periódicamente se desatan en comunidades que han convivido en una relativa paz desde la noche de los tiempos y que han sido achacados, de forma cínica, a las luchas interétnicas, y no al auspicio de unas antiguas metrópolis que no quieren soltar el botín de sus recursos naturales.

El polvorín dormido


Si hay un país africano que resume los grandes problemas que ha producido el establecimiento de las fronteras artificiales en la época colonial, refrendadas y consagradas por la desaparecida Organización para la Unidad Africana (OUA) en 1963, es Nigeria. Allí coexisten unos 250 grupos étnicos que intentan superar esa fusión forzada por Gran Bretaña a finales del siglo XIX y el galimatías que supone la convivencia de casi 150 millones de habitantes – una quinta parte del continente- repartidos en 36 estados que comparten una nacionalidad común, pero ficticia e imposible de enunciar. Al principio, tras su independencia, en 1960, estaba dividida en tres regiones, pero la breve historia de su soberanía está marcada por sucesivos golpes de estado, más o menos sangrientos, que fueron desembocando en lo que es a día de hoy un enorme conglomerado de costumbres, religiones, idiomas y tradiciones.

Nigeria ha sido noticia estos días por la muerte de su presidente, Umaru Yar’Adua, que falleció en Arabia Saudita por una patología coronaria y que ha sido sustituido por su vicepresidente, Goodluck Jonathan, quien ha prometido celebrar elecciones en el plazo de un año y medio y continuar con las reformas emprendidas por su antecesor. Unos meses antes, grupos de musulmanes habían causado graves revueltas en la capital del estado sureño de Plateau, Jos, que se saldaron con la muerte de unos 150 cristianos, en su mayoría mujeres y niños, y la diáspora de miles de personas, una situación que es un remedo de la compleja configuración del país, con dos etnias dominantes, la Hausa-Fulani –conservadora e islamista-, en el norte, y la Yoruba –reformista, de mayoría cristiana-, en el sur.

La otra parte del gran problema que atenaza a Nigeria tiene que ver, paradójicamente, con sus cuantiosos recursos energéticos, que la convierten en el séptimo Estado del mundo productor de petróleo, porque están en manos de compañías extranjeras que los explotan abusivamente y que contribuyen a que la mayor parte sus habitantes se mantenga en la miseria. Como anécdota hay que decir que el salón del trono está construido en oro, mientras que la pobreza severa es la nota predominante de su amplia sociedad, de la que tan sólo el 25 por ciento vive en las ciudades.

Estos condimentos hacen que el país se convierta en una bomba de relojería a punto de explotar, si no fuera porque se mantiene en un milagroso compás de espera, mientras se suceden los sabotajes de sus inmensos oleoductos, con más de 5 mil kilómetros en línea, que han producido en los últimos años varios accidentes y la muerte de cientos de personas que intentaban extraer el petróleo para venderlo en el mercado negro.

Esa espera se extiende ahora al mandato de Jonathan que, con dos atentados en sus espaldas, debe apaciguar a los rebeldes y a sus propios compañeros de militancia en el Partido Democrático Popular que, con toda seguridad, pugnarán por derribarlo. Además, con la larga tradición de sublevaciones y de un ejército hartamente protagonista en la vida democrática del país, tendrá que tener los pies bien apoyados en el suelo para hilar fino en sus decisiones y no soliviantar ese crítico equilibrio que hacen de Nigeria un polvorín con una mecha que llega a todos los rincones de su vasta geografía.

Dakar, ciudad abierta


Tras un viaje en avión de poco más de dos horas desde el aeropuerto de Gando, el viajero está en Dakar, la capital de Senegal, una ciudad que combina los avances más sofisticados de Occidente con los vestigios del África profunda, y en la que residen más de un millón y medio de habitantes. La impresión de aquél que la pisa por primera vez es, por encima del resto de los aspectos, la de haber aterrizado en un enclave con una cantidad desbordante de humanidad que deambula por las calles.

Su puerto ha sido tradicionalmente uno de los más importantes del continente y marca
el carácter abierto de sus gentes y el trajín de mercancías de todo tipo que transita hacia otros puntos interiores del país y de la región, confiriendo así a la metrópoli una vitalidad exultante. La ciudad moderna crece casi de inmediato ante los límites de los muelles y en torno a su plaza más importante, la de La Independencia, donde se ubican gran parte de los bancos, hoteles, restaurantes de lujo y comercios de corte occidental, además del Palacio Presidencial, flanqueado por su impecable guardia roja, el Ayuntamiento y el resto de sedes del Gobierno, Ministerios, embajadas y otros organismos nacionales e internacionales.

El tránsito por la ciudad lleva aparejado el aparente caos africano y un tráfico intenso y dislocado de coches, conformado por taxis desvencijados que compiten con autos de lujo y, últimamente, limusinas de corte chino y guaguas de marca hindú, todo ello en el cauce de un caudaloso río de viandantes y estáticos vendedores de cachivaches, imitaciones de objetos de marca, textiles y artesanía repetida hasta la saciedad.

El crisol humano de la capital senegalesa es el producto de su condición de cruce de caminos, tanto hacia dentro como hacia fuera del continente, y representa así una variedad interminable de etnias, ropajes y atrezos dignos de algún fotograma de cualquier película de Spielberg. Caminas por las calles y vas sorteando a estudiantes multirraciales que salen de los colegios, puestos de alimentos u otros productos instalados en el suelo, musulmanes que rezan sobre una esterilla, de cara a La Meca, otros que se lavan, otros que cocinan, otros muchos que quieren venderte algo, y muchos otros que parecen esperar pacientemente a no se sabe qué cosa.

Todos los planos conviven en Dakar, el de los potentados, con sus grandes muestras de ostentación; el del visitante, con su cámara de fotos siempre dispuesta; el del ejecutivo vestido a la occidental, y el de las tribus urbanas diversas que se extienden hacia unos muy cercanos arrabales, donde se encuentran las orillas de la gran pobreza, fruto del olvido y de la necesidad impuesta por los imponderables de este mundo.

Esto último no quiere decir que la ciudad no rebose de alegría y cordialidad y que no ofrezca al turista miles de dimensiones distintas como para pasar unos días diferentes y apasionantes, con la experiencia que otorga el dar uno de los saltos más increíbles entre el mundo desarrollado y el ancestral, el que guarda todavía la pátina de la eternidad entre sus sorprendentes recovecos.
Fachada del edificio del Gobierno de Senegal con un grupo de limpiadoras

Luces cercanas

El optimismo es la nota predominante de esta semana que concluye respecto a las expectativas económicas de África, sobre todo por la revisión al alza de su crecimiento que acaba de publicar el Fondo Monetario Internacional (FMI) en sus “Perspectivas Económicas Mundiales”. Si a eso añadimos el estudio sobre las oportunidades de comercialización de los productos industriales canarios en el mercado africano presentado el pasado lunes en Casa África por el Gobierno Autónomo, que apunta a que el continente vecino se perfila como la mejor alternativa de internacionalización de las empresas del Archipiélago, ambas novedades se refuerzan mutuamente y ponen sobre la mesa una ya consistente salida para los emprendedores de las Islas.

Asimismo, otra señal de que la experiencia empresarial de Canarias en África va por buen camino es que la Sociedad Canaria de Fomento Económico (Proexca) ha sido protagonista en el Encuentro Empresarial África - Europa que se celebró también esta semana en la ciudad francesa de Rouen, por ser la institución que recibió el encargo del comité organizador para fomentar la participación de todas las Comunidades de España en el evento.

Pero volviendo al documento del FMI, éste indica que los países del occidente africano crecieron un 2,4 por ciento el pasado año y que su proyección se incrementará hasta un 4,7 por ciento en 2010, aunque reconoce que esa tendencia será a distintas velocidades en los diferentes escenarios de esta región cercana a Canarias. No obstante, el organismo internacional insiste en que la recuperación económica tras la crisis financiera es mejor de la esperada en los estados emergentes vecinos y que esa buena respuesta crea unas expectativas más fuertes que en recesiones anteriores.

Por su parte, el último Informe Económico de África, publicado por la Comisión Económica para África a principios de mes en Malaui, estima que los países del entorno deben dar prioridad a la creación de puestos de trabajo para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio, mientras que el rector de la Unión Africana y presidente del país anfitrión, Bingu Wa Mutharika, pidió a sus colegas ámbitos políticos y económicos más estables para rentabilizar las buenas perspectivas.

Que algo se está moviendo en África estos últimos años es un hecho, corroborado por la irrupción de economías que crecen muy por encima de las del resto del mundo, apoyadas por sus recursos naturales, y porque parece ser que, en líneas generales, el resto de países que no poseen esas riquezas surgidas del subsuelo están haciendo esfuerzos sin precedentes, y constatables, para organizar sus sectores productivos, lo cual no deja de constituir otra muy buena noticia.

En cualquier caso, sí que está claro que Canarias, hoy casi a oscuras, debería aprovechar de manera más decidida esas luces cercanas, aunque se echa de menos una mayor implicación de los departamentos oficiales competentes para generar más información y formación, con el fin de que las nuevas generaciones de emprendedores se sientan estimulados a participar del supuesto gran empeño de internacionalización de las empresas locales hacia su expansión africana.
Transporte popular en Senegal
Mindelo (Cabo Verde)
Mañana de mercado en Dakar
Imagen del extraradio de Dakar

Paridad en Senegal

No se sabe bien si las razones que están llevando al presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, a promover la paridad de género en los cargos electivos provienen de una sencilla vocación de progreso o si, por el contrario, es un brindis al sol en una sociedad altamente influenciada por los cánones ortodoxos del islamismo. Lo cierto es que últimamente se habla mucho del proyecto de ley en tramitación que pretende abrir la puerta a las mujeres a todas las funciones del Estado, que auspició el propio partido del primer mandatario a finales del pasado mes de marzo -a raíz de la polémica feminista surgida por la escultura del “Renacimiento Africano”-, con la firme confrontación de la oposición y de los líderes religiosos, que rechazan de forma enérgica la iniciativa, argumentando que no se adapta a una comunidad predominantemente musulmana.

Además, en el arco del Ejecutivo senegalés, una gran cantidad de cargos son nombrados directamente por el presidente y no están sometidos a regla alguna parlamentaria, con lo que la normativa que proyecta aprobar la Cámara quedaría muy marginada por las decisiones tomadas en la cúpula del gobierno de turno.

Ahora bien, siempre es una buena noticia que esta posibilidad se esté sopesando en un país en el que tradicionalmente la mujer ha estado limitada a la familia y relegada a un segundo plano en todas las decisiones públicas, aunque, por otra parte, constituya real y paradójicamente la columna vertebral de la sociedad senegalesa, con una contribución silenciosa, y también valerosa, a la organización de las necesidades comunales, a la manutención y educación de los hijos y a las alianzas vecinales; no por nada son el principal agente en la gestión de los microcréditos que las entidades financieras internacionales ofrecen para estimular el desarrollo.

Lo que ocurre es que, tal y como pasa con el actual sistema político, si bien el país ha copiado las formas constitucionalistas de su antigua metrópoli, Francia, y sin embargo éstas continúan sujetas a otros dictados fácticos que nada tienen que ver con las de un Estado aconfesional, es de prever en consecuencia que cualquier decisión en sentido divergente del orden preestablecido esté llamado a quedar en letra mojada; porque de la noche a la mañana no es probable que el enorme poder que ejercen las cofradías religiosas y los grupos étnicos dominantes, que rinden obediencia casi ciega a sus líderes, abandonen sus valores, que mucho tienen que ver con la jerarquía social que actualmente impera en el país vecino.

Desde luego que sería una buena noticia que la mujer tomara las riendas de algunos de los departamentos estancados o saqueados por la corrupción o compensara con su naturaleza realista los desmanes de nuevos ricos que están mostrando muchos de los políticos actuales en el ejercicio de sus atribuciones, aunque la verdadera lucha titánica estaría en reivindicar la igualdad de género, alienar la poligamia e impulsar los derechos sociales, que cambiarían el espectro actual de las grandes diferencias de clases que alimentan la pobreza secular de la mayor parte de la población, apostada inmediatamente detrás de los grandes decorados urbanos de las principales ciudades.
Interior (Dakar).

El legado de Sankara

Una corriente creciente de revisión se agolpa en torno a la muerte del líder burkinés Thomas Sankara, ejecutado en un sangriento golpe de estado, promovido por el actual presidente del país, Blaise Compaoré, allá por el año 1983, quien se ha referido al magnicidio como un desgraciado accidente.

Al grito de Justicia para África, una plataforma, conformada por su familia, compañeros y personalidades procedentes de muchos rincones del continente y del mundo, pide la apertura de los archivos de los principales países implicados: Francia, Estados Unidos, Costa de Marfil, Togo y Libia; con el fin de reivindicar su legado y establecer para la historia su contribución a una nueva era en el proceder de la política africana.

Sankara murió a los 38 años como jefe de Estado del antiguo Alto Volta, rebautizado por él mismo como Burkina Faso, que quiere decir “La tierra de la gente íntegra” en las lenguas autóctonas Mossi y Djula, después de llevar a cabo una revolucionaria lucha contra la corrupción y el hambre y situar a la mujer en un papel preponderante en la sociedad de su país, además de emprender importantes campañas de salud, prohibir la ablación femenina, elevar la educación y atacar la deuda y el dictado de las metrópolis occidentales. De otra parte, la comunidad internacional parece aceptar a Compaoré, que lleva encaramado a la presidencia 22 años, como un hombre de paz que, sin embargo, ha estado salpicado por los conflictos de Liberia, Sierra Leona y Costa de Marfil, e implicado en el tráfico de armas y diamantes para apuntalar la guerrilla de UNITA, de Jonás Savimbi, en Angola.

En el origen de esta tragedia, ambas figuras, Sankara y Compaoré, militares de formación, aparecen como amigos y compañeros, de tal forma que el primero fue elevado al gobierno burkinés por el segundo, después de derrocar a Jean-Baptiste Boukary. Thomas, que se definía como un revolucionario inspirado por los ejemplos de Cuba y el histórico líder ghanés Jerry Rawlings, emprendió contundentes reformas que contemplaban disminuir los fuertes tributos a los jefes tribales, organizar la sociedad en torno a una mayoritaria clase media, construir numerosas escuelas y hospitales, promover una gran reforma agraria de redistribución de las tierras, implementar campañas de vacunación para reducir la mortalidad infantil o poner en marcha políticas de ayudas para la construcción y alquiler de viviendas.

Parece ser, no obstante, que los grandes intereses no sólo de sus contemporáneos en la política de su país, sino también de algunas potencias occidentales, fueron urdiendo una trama de complicidad que acabó con su vida y su ya mítico ejercicio. Ahora, un colectivo jurídico pretende revocar un dictamen del Comité de Derechos Humanos de la ONU emitido hace 2 años que daba por zanjada la investigación sobre su muerte, sin que al parecer se hubiera producido proceso correspondiente alguno.

Lo cierto es que la semilla de Sankara, lejos de diluirse, se acrecienta con los años, de tal forma que lleva camino de ingresar en el pabellón de los héroes revolucionarios del mundo, a pesar de la sordidez que para la comunidad internacional envuelve la reivindicación de su historia.
Cerca de Thies. Cautiva la humanidad que emana de África.
Paseo familiar cerca de Kelle (Senegal)

El clima del vecino

Mientras la Premio Nobel de la Paz keniata Wangari Maathai pedía en el encuentro Mujeres por un Mundo Mejor, celebrado hace unos días en Valencia, más inversiones para preservar el medio ambiente en África, el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, criticaba a Zapatero por ocuparse del continente vecino sin antes haber resuelto los problemas de España. También casi al mismo tiempo 200 ciudades españolas apagaban durante una hora las luces para cumplir con la convocatoria de la Hora del Planeta, con el fin de llamar la atención sobre el cambio climático.

Maathai argumentaba su llamamiento diciendo que, si no se detenía la desertización en África, aumentarían los inmigrantes que iban a llegar nuestras costas para huir del agravamiento de la pobreza provocada por la falta de agua, al tiempo que reivindicó la protección del bosque del Congo para frenar el recalentamiento mundial. Por lo pronto, la subida del mar está produciendo ya inundaciones en poblaciones de la costa occidental, dada su condición de tierras bajas, como la Langue de Barbarie, en la ciudad de Saint Louis, en Senegal, o en sectores de la propia Dakar, que obligan a evacuar a miles de personas que se quedan sin casa de la noche a la mañana, aparte de que es predecible que los efectos de la desregulación del clima golpeará más a los que menos tienen y en peores condiciones viven, sobre todo en regiones donde están acostumbrados a habitar edificaciones frágiles, debido a la estabilidad meteorológica y al régimen de pocas lluvias.

Según el último informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre la Evolución del Clima, las temperaturas subirán entre uno y tres grados centígrados y afectarán a finales de este siglo a unos 1.100 millones de habitantes en el mundo. También afirma el documento que un aumento continuo de las emisiones de gas de efecto invernadero provocará escasez de agua, amenazando al menos a 400 millones de personas en el continente cercano. Hay que tener en cuenta que la agricultura representa hasta el 80 por ciento del PIB en algunos estados africanos y da trabajo a numerosas familias, y que los efectos arrastrarán al turismo, a menudo ligado a la naturaleza.

El pasado año las inundaciones ya tuvieron consecuencias devastadoras en varios países del centro y del occidente, como Senegal o Mali, entre otros, que todavía acusan las secuelas de los destrozos y se sobreponen para realojar a todas las familias que se quedaron en la calle y para amortizar las cargas económicas que ha supuesto la reconstrucción de los servicios públicos.

El día que nos convenzamos de que vivimos todos en un mismo planeta y que las desgracias que se producen en él nos afectan tarde o temprano, por una o por otra vía, seremos más conscientes. Entonces dejaremos de oír reclamaciones como las de González Pons, que ha evidenciado con su mensaje el oportunismo político del que son capaces algunos, a pesar de las evidentes razones que tenemos para luchar por el equilibrio mundial, que es el futuro de todos.
Cornisa de Dakar

Corrupción silenciosa

El Banco Mundial acaba de acuñar una nueva variedad de corrupción, la “silenciosa”. La ocurrente figura ha sido bautizada en el contexto de su recientemente horneado informe “Indicadores de Desarrollo de África 2010”, donde el organismo atribuye el origen de la misma al “fracaso de los funcionarios públicos a la hora de entregar bienes o servicios pagados por los gobiernos”.

Teniendo en cuenta que entre los 47 países subsaharianos hay un amplio espectro de estadios evolutivos, sí que es verdad que un denominador común a todos ellos son los excesos burocráticos, un gran telón que puede ayudar a esconder ese absentismo interesado en busca de favores o de redondeos salariales, algo que, por otra parte, tampoco nos resulta tan desconocido en la vieja Europa.

El documento pone como ejemplos que los maestros de enseñanza primaria faltan al trabajo entre un 15 y un 25 por ciento del tiempo, o que la atención médica en muchos medios rurales es ineficaz debido al absentismo, al robo de materiales y a la falsificación de medicamentos; y que en el sector agrícola los fertilizantes han sido inútiles porque carecen de los nutrientes necesarios.

Añade el BM que la corrupción silenciosa produce una expectativa cada vez más negativa de las prestaciones públicas y afecta sobre todo a las familias pobres, pues son más vulnerables y dependen en mayor medida de los servicios gubernamentales para satisfacer sus necesidades básicas, como si el todopoderoso ente financiero internacional acabara de descubrir la pólvora y nos quisiera orientar sutilmente hacia la existencia de otras corrupciones menos lacerantes para las capas más desfavorecidas de las poblaciones.

El estudio continúa “profundizando” de tal forma que saca como conclusión que uno de los aspectos más negativos de este tipo de abusos son sus consecuencias a largo plazo, como la del niño que no recibe una educación adecuada por la ausencia de sus maestros y que, consecuentemente, contará en su vida adulta con menos habilidades cognitivas; que la falta de medicamentos y médicos genera muertes evitables, y que los agricultores habituados a recibir fertilizantes diluidos pueden optar por dejar de utilizarlos por completo; etcétera.

En última instancia explica que aunque la corrupción silenciosa es omnipresente en África, como es menos destacada o llamativa que la de gran escala, recibe menos atención, y que, por tanto, sólo representa la punta del iceberg, un enorme témpano de hielo –digo yo- que yace bajo las aguas procelosas de las inmensas fortunas amasadas por los dirigentes y políticos, que no pueden tirar de sus respectivas mantas porque están ocupados depositando inmensas cantidades de fondos públicos en Suiza o en cualquier otro de los paraísos fiscales del mundo civilizado.

Con todo esto, la conclusión que podemos sacar es que en el Banco Mundial no se da la corrupción silenciosa y que el seguramente carísimo informe Indicadores de Desarrollo de África 2010 nos llevará felizmente a la consecución de los Objetivos del Milenio para 2015.
Santa María, Isla de Sal (Cabo Verde).

¿Peligro amarillo?

Que China está cambiando la fisonomía de África es un hecho constatable, aunque todavía muchos expertos dudan que ese cambio sea beneficioso para el continente negro. Para otros, como el congoleño Mbuyi Kabunda, doctor de Relaciones Internacionales y Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid, la forma en que el gigante asiático se está moviendo entre los países vecinos es cuando menos lógica.

Conocí a Kabunda hace unos años, cuando le hice una entrevista en la que intentó convencerme de que lo que necesitaba África era algo así como una revolución para la consolidación del sector agrícola global con el fin de conformar el autoabastecimiento de los pueblos, como punto de partida para otros avances posteriores. Desde luego, me pareció una personalidad intelectual poderosa y totalmente convencida de que el panafricanismo era no sólo posible, sino necesario, en base a acuerdos multilaterales que habrían de prodigar un acercamiento a las necesidades reales de las regiones africanas.

Frente a las críticas generalizadas que desde Occidente recibe China por su irrupción creciente y salvaje en el continente, donde se aprovisiona de los recursos naturales que necesita para continuar con su imponente crecimiento, el profesor congoleño señala que esta potencia mundial al menos no está actuando de la misma manera que lo hicieron las antiguas naciones colonialistas, que impusieron economías rentistas y la explotación casi perversa de las riquezas locales, sino que ha condonado la deuda de una treintena de Estados, actúa de prestamista con tasas de reembolso blandas o nulas y se está convirtiendo en uno de los donantes más importantes de fondos para la cooperación al desarrollo; aparte de que está creando industrias para el tratamiento de las materias en sus puntos de origen, con la consiguiente utilización de mano de obra autóctona, y regala obras públicas, escuelas y hospitales a diestro y siniestro.

Hoy por hoy, el país asiático es el segundo importador de petróleo africano del mundo, después de EEUU, en tanto que unas 800 empresas procedentes de allí operan en 49 de los 54 Estados del continente. Además, según Kabunda, Pekín ofrece una cooperación de igual a igual a los africanos, sin condicionalidades y respetuosas con la soberanías nacionales, y los productos baratos que exporta han posibilitado que los ciudadanos accedan a bienes de primera necesidad que hace poco tiempo ni siquiera podían soñar. No obstante, dice el profesor que no se puede esperar que China cambie de la noche a la mañana las desigualdades históricas y estructurales creadas por Europa y los gobiernos poscoloniales.

Lo que está claro es que si uno de los intelectuales africanos cuya opinión es más oída y celebrada en los foros internacionales piensa así, es decir, que el gran país asiático puede llegar a ser el socio que necesita África para evolucionar sin interferencias artificiales e imposiciones como las que han desmadejado el continente, consecuentemente sus habitantes tienen que sentir algo parecido, con lo que podemos estar asistiendo a un hito importante en la evolución de sus pueblos y la disipación del “peligro amarillo” con el que han venido advirtiendo interesadas voces occidentales.
En las afueras de Dakar

Petróleo maldito

La cuenca del Golfo de Guinea se revela día a día como la reserva energética de petróleo y gas de África. Uno de los casos más recientes donde la escalada de extracciones es notoria es el de Guinea Ecuatorial, de tal forma que se habla ya de un volumen próximo al billón de barriles en sus yacimientos, circunstancia que ha llevado a las compañías multinacionales extractivas a llamar a la ex provincia española el “Kuwait” del continente. Esta capacidad ha convertido al país en el que impera el régimen de Obiang en el tercer productor de la región, por detrás de la poderosa Nigeria y de Angola, y ha disparado sus números de crecimiento anual.

Si tenemos en cuenta que las proyecciones acerca de los mercados energéticos para los próximo 30 años reflejan un incremento sostenido mundial en el consumo y que para las grandes potencias asegurar su aprovisionamiento es una tarea crucial, podemos hacernos una idea de por dónde pasarán las coordenadas estratégicas de los años venideros y quienes serán los nuevos países ricos, después de los productores árabes. Sin ir más lejos, Estados Unidos espera que en menos de diez años el 25% de su crudo proceda de África, mientras que el Reino Unido y Noruega comienzan a dejar de mirar a Alaska y el Mar del Norte para fijar sus objetivos en esta parte del planeta, con la que China ya mantiene importantes y progresivas transacciones.

Por lo pronto, varios países se han ofrecido a condonar la deuda externa de estas naciones y ayudas millonarias en cooperación para fomentar sus desarrollos económicos y, es de esperar, que sus estabilidades políticas, institucionales y sociales, con el fin de poder operar con garantías con sus respectivos gobiernos; cosa que, hoy por hoy, parece lejos de producirse si tenemos en cuenta las situaciones presentes de los tres Estados señalados, donde una mínima parte de las ganancias generadas la perciben la ciudadanía. Es más, parece que el índice de desarrollo humano en Guinea Ecuatorial ha bajado en un solo año doce puestos, en tanto que sus habitantes han perdido casi seis años de esperanza de vida desde 2001, mientras que Angola y Nigeria también tienen sus propios parámetros sociales estancados.

Sin embargo, es verdad que si Guinea Ecuatorial exporta unos 4.500 millones de dólares anuales en crudo, sólo retiene entre un 15 y un 30 por ciento de sus beneficios por su dependencia tecnológica y técnica, aparte de que ha sonado la voz de alarma porque el yacimiento Zafiro, que aporta casi el 70% de su producción y está situado en el mar, a 50 kilómetros de la isla de Bioko, podría haber empezado a agotarse, aunque otras prospecciones recientes son más optimistas.
En cualquier caso, los gobiernos de las naciones ricas en materias primas deben coger la sartén por el mango si quieren que la explotación de los mismas redunden en el progreso de sus habitantes, porque tampoco está muy claro que las grandes compañías estén de verdad interesadas en revertir la situación y perder un fantástico negocio sin tener que repartir más que con los corruptos de siempre.

Es aquí donde los organismos multilaterales, como la ONU, deben poner el acento y no permitir que ambas partes se salgan con la suya a costa del sufrimiento humano y del bien común de los respectivos pueblos, porque no se sabe a ciencia cierta quiénes son peores, si los atávicos dictadores o los crueles intereses del mundo desarrollado.
Exposición de fotografías sobre inmigrantes llegados en pateras a Canarias en
Thiaroye-Sur-Mer (Dakar)

Wade y su estatua


El presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, inaugurará el próximo día 3 de abril su faraónico y controvertido monumento a la posteridad denominado “Renacimiento Africano”, coincidiendo con el 50 aniversario de la proclamación de la república. Se trata de una edificación levantada en una colina, con mano de obra norcoreana, que supera en altura a la Estatua de la Libertad. La colosal obra, esculpida en bronce y de estética soviética, ha costado unos 18 millones de euros, y representa a un hombre musculoso que sujeta a un niño con su brazo extendido hacia el océano Atlántico y a una mujer detrás de ambos.

El proyecto, como no podía ser de otra manera, ha generado una gran polémica dentro y fuera del país vecino, no sólo por el enorme coste de su realización, en un estado en el que el 60% de la población sobrevive con menos de un euro y medio al día y recibe fondos de cooperación al desarrollo para luchar contra la pobreza, sino también porque Wade se arroga el derecho de quedarse con el 35% del dinero que genere la instalación por ingresos turísticos, por ser su “diseñador” o creador intelectual.

Tampoco a la mujer senegalesa, el centro y fortaleza de la comunidad, le ha gustado que la representen semidesnuda, como un objeto sexual, y dependiente del hombre, cuando suele ser todo lo contrario, ni a las comunidades religiosas la decadencia que representa este vellocino. Por su parte, la influyente minoría cristiana, que equivale tan sólo al 6% de la población, ha venido protagonizando algunos disturbios porque al mandatario musulmán no se le ocurrió otra cosa que defender el monumento, en su discurso de fin de año, diciendo que lo que sí era ridículo era rezar a alguien que no es Dios, sino un profeta menor.

Ahora bien, parece ser que el proyecto no sólo comprende este conjunto escultórico, que los acólitos del presidente defienden como un símbolo de la liberación de África tras siglos de opresión, sino también la construcción de una sala de exposiciones, cines, un museo sobre las grandes figuras del panafricanismo y un ascensor que subirá hasta el hombro de la figura del hombre, desde donde se podrá disfrutar de una vista panorámica de la ciudad, de la que una gran parte son barrios pobres, y su periferia, un cúmulo de chabolas y miseria. Otros críticos lamentan que el niño señale el camino de un mar en el que han muerto muchos jóvenes senegaleses intentando alcanzar las costas de Canarias en pateras.

Lo que no se entiende de ninguna manera es que la década del socialista Wade, salpicada en estos últimos años por la corrupción y la indiferencia hacia las clases más necesitadas, que ha llevado incluso a que importantes líderes religiosos soliciten la alternancia en el poder, la cierre el presidente con esta prueba desproporcionada de ostentación que hiere la sensibilidad de los senegaleses y que confirma, una vez más, que el gobierno está muy lejos de los importantes problemas a los que se enfrentan los ciudadanos.

El “Renacimiento Africano” pasará a la posteridad, sin duda, pero no como símbolo de ninguna liberación del continente, sino como una prueba monumental de la megalomanía de la que son capaces algunos mandatarios de un continente que no termina de apurar nuestra capacidad de asombro.

Golpes y paradojas


Muchas de las cosas que ocurren en África no son extrapolables a los valores de Occidente, entre otras cosas, porque una parte muy importante del continente no ha asumido la cultura de la modernidad que en líneas generales rige la vida de los países desarrollados. Muchos de los pueblos, sobre todo subsaharianos, siguen anclados en la herencia milenaria de la tribu, donde la autoridad es vertical y clientelista, es decir, prima el grupo, la familia, el clan o la religión antes que el individuo, y eso no tiene visos de cambiar a corto plazo, aunque ya hay ejemplos de occidentalización notables, como es el caso de Ghana, la primera nación que se liberó de la colonización europea.

El reciente golpe de Estado en Níger, uno de los países más empobrecidos del mundo, pero rico en recursos naturales, ha generado tibias reacciones de rechazo en el marco de las instituciones panafricanas e internacionales, dado que el presidente derrocado, Mamadou Tandja, era a su vez un mandatario que pretendía perpetuarse en el poder ilegalmente a costa de cambiar la Carta Magna a través de un referéndum a todas luces amañado, además de estar involucrado en turbios contratos de explotación de compañías extranjeras del petróleo y uranio. De hecho, muchos líderes africanos y mundiales habían condenado ya a Tandja y le habían exigido retirarse para devolver el marco constitucional al país.

Aquí surge entonces la controversia de que esa sublevación puede incluso haber salvado a Níger del aislamiento al que fue derivando bajo el gobierno ahora derrocado, máxime cuando los golpistas han dado garantías a la ONU y a la Unión Africana de normalización de la situación y han asegurado que pretenden restaurar la democracia para sanear la situación política, reconciliar a los nigerinos, convocar elecciones (aunque no han dado fechas) y liberar a los miembros del anterior gobierno. Otra cosa es que la comunidad internacional teme que los golpes de Estado vuelvan a ponerse de moda en África, con ejemplos como los del propio Níger, Gabón, Guinea Bissau, Mauritania o Togo, y que se dé un paso atrás en las senda demócrata que parecía haberse iniciado en los últimos años.

No obstante, he aquí que la mentalidad del mundo desarrollado se ve en la dicotomía de tener que aceptar que los principios de gobernabilidad a los que estamos acostumbrados no podemos aplicarlos a esos países que, como Níger, están dirigidos por personajes que se aúpan al poder para vaciar las arcas públicas, someter al pueblo a la miseria y hacer todo lo que está en su mano, que es mucho, para enrocarse todo el tiempo que sea necesario, de tal forma que sólo una acción de fuerza puede desalojarlos.

Qué pensaríamos si uno de estos presidentes “vitalicios”, como el de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, denostado por el yugo que impone a su pueblo, por su cruel trayectoria, desde el asesinato de su tío Macías, y por su monumental evasión de capitales a costa del empobrecimiento de los guineanos; es derrocado por un golpe de Estado. ¿Quién se atrevería a decir que se trata de un hecho condenable?

Si los responsables de la rebelión de Níger entablan sin demora conversaciones con la UA y la CEDEAO, previo contacto con los partidos políticos locales, y dan señales claras de promover estructuras democráticas, el resultado puede ser positivo pero, por el contrario, también puede animar a otros potenciales golpistas en el continente.
La paradoja está servida una vez más en África.