El continente más cercano a
Canarias es el más complejo. Es así de simple. Y por eso surgen tantas teorías
e interpretaciones que pretenden echar algo de tiento en esa madeja inmensa que
amanece cada día frente a nosotros, aquí al lado mismo, sin que sepamos a
ciencia cierta si avanzamos o retrocedemos. África es una nacionalidad y muchas
al mismo tiempo. Son estados por imposición extranjera que aspiran a encajarse
en una realidad desbordada, un crisol étnico y cultural difuso que se extiende a
través de miles de kilómetros como sus propios ríos, o se acumula en regiones
concretas, como sus lagos, o se precipita a los abismos, como sus cascadas
prodigiosas; casi como remedo de las vastas extensiones que la hacen tan única,
tan diversa, tan misteriosa, tan hermosa, tan trágica. La actualidad de África
pasa por el tamiz de la comunicación y las noticias que nos gustan en
Occidente, empeñados, como estamos, en traducir algo que constituye no pocas
veces la esencia de la existencia. El choque de los imperiosos intereses internacionales
recala en su orografía generosa y en un subsuelo repleto de tesoros naturales,
porque esas son las reglas del juego, las del poder obsesivo que sobresale por
encima del respeto a la conservación y al equilibrio de lo eterno y que, como
un fuego de artificio, espectacular pero efímero, nos aliena de nuestra propia
vida acelerándonos, cuando no estrujándonos, en una gran cadena de transmisión
contra la boca de una maquinaria que no nos merecemos. Surgen entonces a intervalos
tesis y epítetos contrapuestos, como los afropesimismos y los afrooptimismos o
los endogenismos y los exogenismos, entre otras muchas emociones, para intentar
profundizar en lo que se deshace a cada paso porque no se mantiene en la deriva
de este mundo que se devora a si mismo. Intentamos explicar por qué, a pesar de
todo lo invertido y de los empeños bienintencionados, que los hay, el
continente no parece cambiar salvo en pequeños matices esperanzadores, siempre
esperanzadores. Y porque quizás también se nos quedó tirada en alguna cuneta la
reflexión sobre nuestro propio destino y el de nuestro planeta.
Sueños y metales
La semana próxima se conmemora en todo el mundo el Día de
África, una efeméride, como siempre, cargada de simbolismo pero comprimida, al
parecer, en una sola jornada, la del 25 de mayo. Su origen coincide con el de
la creación de la Organización para la Unidad Africana, allá por el año 1963,
hace ahora exactamente medio siglo, una institución que pretendía promover el
panafricanismo, pero también la solidaridad entre los estados, la erradicación del
colonialismo y animar la cooperación internacional. No es pura casualidad que
el organismo sustituyera en esa época a la denominada Unión de Estados
Africanos ni cediera el testigo en 2002 a la vigente Unión Africana, una
sucesión de acrónimos similares que siempre pretendieron actuar como remedos de
todas las ligas regionales y supranacionales que se repiten a lo largo del
planeta, algunas con más fortuna que otras. Cincuenta años es un buen lapso, asimismo
pleno de referencias, para realizar inventario y recapitular sobre los avances
de un continente difuminado en sus raíces, culturas, etnias y lenguas, pero
marcado por unas fronteras artificiales originadas en la Conferencia de Berlín
de 1884, cuando las potencias europeas se repartieron sus territorios como en
una gran piñata de selvas, sabanas, grandes lagos, ríos, mares y sus
correspondientes poblaciones, hasta entonces desconocidas y solo vislumbradas a
través de hazañas de aventureros, como Burton, Livingston o Stanley, en torno
al Nilo y sus fuentes, financiadas por la entonces Gran Bretaña victoriana y su
Royal Geographical Society. Dicen que la también conocida como Disputa por
África estuvo en los orígenes de la Primera Guerra Mundial, quizás como
antesala de lo que después se convertiría en el aplastamiento del tercer mayor
continente y de sus habitantes, sobre todo subsaharianos, con secuelas que
llegan de forma nítida hasta el presente. En estas décadas hemos contemplado la
descolonización funcional de muchos estados que quedaron en manos de milicianos
formados por las metrópolis, suboficiales que repitieron los desmanes y saqueos
de las autoridades extranjeras, cuando no las ínfulas de superioridad que,
combinadas con los intereses de corto recorrido y el armamento dejado o vendido
por los antiguos conquistadores, se convirtieron en guerras fraticidas, masacres,
genocidios y éxodos masivos, como los de Ruanda y Burundi hace escasamente 20
años. No obstante, el veneno sigue en el fondo de las ciénagas y ocasionalmente
incendia la convivencia de unas comunidades que reverencian el arraigo, la
familia, el grupo y la naturaleza como sus mayores avales de esperanza, un
capital humano metalizado como antítesis del sueño de la paz.
Buteflika
La reciente hospitalización del presidente de Argelia,
Abdelaziz Buteflika, de 76 años, en París ha reavivado el debate sobre su legado
y también sobre las opciones que se abren para el país si queda inhabilitado
finalmente para ejercer el cargo por más tiempo. Su afección, un accidente cerebrovascular, es grave y, aunque su entorno trata de restarle importancia,
se suma a la pérdida de popularidad por los escándalos de corrupción que le han
salpicado en sus dos últimos mandatos. Habría que recordar que este político,
que procede del ejército, luchó en la guerra de la independencia de Franciaentre 1954 y 1962 y llegó al poder en 1999, después de posiblemente una de las
épocas más convulsas de esta nación árabe, la larga guerra civil seguida de una
década de batallas contra el islamismo fundamentalista que dejó más de 200.000
muertos entre ambos bandos. El recuerdo de los atentados en la Cabilia y otras
regiones argelinas esculpieron el desánimo de unos ciudadanos que saludaron con
alivio el nombramiento de un civil, como era entonces Buteflika, que emergía
asimismo alumbrado por su paso por la ONU, donde desempeñó la presidencia de su
Asamblea General en 1974. Además, su rastro es permanente porque antes había
sido ministro con el primer jefe del estado, Ben Bella, al que contribuyó a
derrocar a través de un golpe encabezado por el histórico coronel HuariBumedián, con quien volvió al nuevo gobierno surgido de la rebelión, y repitió
con Chadli Bendjedid en 1979, pero esta vez con escasas atribuciones ejecutivas.
Eso sí, Buteflika ha coincidido en la máxima magistratura con uno de los
periodos de mayor estabilidad de Argelia en los últimos 60 años, aunque su
gestión siempre estuvo marcada por la sombra de los militares, hasta el punto
que no pocos expertos consideran que son los que realmente han mandado y
seguirán haciéndolo cuando éste haya desaparecido. Lo cierto es que el país
magrebí, el más extenso de África, es una pieza fundamental en el crítico
equilibrio del norte del continente y forma junto a su vecino Marruecos la
barrera saheliana que frena el islamismo extremista que se mueve por el
desierto. Otra cosa son las relaciones bilaterales de Rabat y Argel,
históricamente hostiles y agravadas por el apoyo de los argelinos al pueblo
saharaui y a sus exiliados en los territorios cedidos de Tinduf, dicen que en
busca de una salida propia al Atlántico. Mientras tanto, hay quienes opinan que
nada cambiará con su marcha porque ha estado demasiado tiempo de “títere” como
para echarle de menos. En última instancia, y llegado el momento, cabe pensar
que los ciudadanos deberán elegir entre los militares que le respaldaron o los
yihadistas, a la vista de donde han desembocado las primaveras árabes de algunos
de los estados cercanos.
Reculemos, pues
Soy de los que opinan que
habrá un antes y un después en la cuestión del Sahara tras la iniciativa
estadounidense de proponer en la ONU el control de los derechos humanos en la
región. No importa que Obama haya retrocedido y cambiado la exigencia de dotar
a la misión de paz en la zona, la Minurso, de un nuevo mandato de vigilancia
por una recomendación descafeinada, ni que España, a través de nuestro ministro
de Exteriores, haya poco menos que celebrado la inviabilidad legal del trámite.
Ni siquiera me escandaliza ya que el lema de libertad, igualdad y fraternidad
de la metrópoli por antonomasia de África, Francia, se esconda bajo las
alfombras del Elíseo para que su presidente, el socialista Hollande, pueda
hacer la vista gorda a los métodos cuando menos abusivos en los territorios
ocupados. Menos me extraña que Rusia o China hayan presionado a los miembros
del Consejo de Seguridad para hacer el vacío a Washington en esta aventura compasiva
sin precedentes contra el desprecio a las minorías étnicas en una parte del
Sahel, porque les conviene mantener fuera del debate en los organismos
multilaterales sus propias vergüenzas nacionales. Celebro, eso sí, el paso adelante
de un mandatario occidental que, a pesar de estar a miles de kilómetros del
lugar de los hechos, ha puesto en serios apuros a un reino contumaz en su
estilo decimonónico de aplicar las normas de convivencia. A partir de aquí
conviene tener presente los movimientos que van a darse todavía en relación a
este viejo contencioso, pues es de suponer que estamos en el antesala de nuevas
fugas o, por qué no, contradicciones, que saldrán al paso de las decisiones en
el seno de una Unión Europea que, hoy por hoy, es la mayor garante de las reivindicaciones
humanitarias en el mundo y de los tribunales internacionales que,
paradójicamente, no reconoce por sistema el promotor de este plante, EEUU.
Habrá que estar vigilantes para que, ya como santo y seña de nuestros vecinos
más cercanos, Rabat no despliegue sus tretas rasas y sus montañas de humo con
que seguir ganando tiempo para hacernos olvidar definitivamente a todos que la
descolonización del Sahara es irreversible en forma, que no en tiempo, según la
legalidad internacional. Tendremos que discriminar el polvo de la paja, lo que
es terrorismo de lo que no, porque se me antoja que los próximos movimientos
van a ir precisamente por esos derroteros tan recurrentes, fáciles ahora,
malditos tras el 11 S y 11 M, dado que hay una batalla abierta no muy lejos de
aquí con el enemigo número uno de Occidente, el islamismo radical, que se pasea
a sus anchas por medio continente y confundido con la pobreza y la hambruna, el
mejor caldo de cultivo para generar extremismos. La estrategia inminente está
servida. Reculemos, pues.
El equilibrista Hollande
La visita reciente del presidente francés, FrançoisHollande, a Marruecos, acompañado de una nutrida delegación de empresarios,
apunta claramente su intención de recuperar la posición comercial privilegiada que
siempre tuvo su país allí, cedida últimamente a la pujanza de España. Además,
parece ser que el político socialista galo se ha encontrado de repente con la
necesidad de retornar a la “grandeur” del pasado y a las campañas militares de
París para conquistar o preservar las riquezas naturales con que compensar la
delicada situación económica por la que atraviesa en Europa y, por extensión,
en los mercados internacionales. Por eso no pocos observadores han relacionado su
actuación en Malí con los minerales del Sahel o el reforzamiento de su
presencia en algunos estados africanos con las materias primas que siempre brindaron
sus ex colonias. Otra cosa es que se calificara su intervención en el Azawad
para expulsar a los fundamentalistas como un paseo y que el triunfalismo por la
supuesta victoria no sea en realidad sino un efímero brindis al sol, puesto que
todo invita a pensar que el islamismo extremista es un fenómeno oscilante,
latente y difícilmente combatible en un desierto que cruza el continente de
lado a lado. Más bien lo predecible será que los escuadrones fuertemente pertrechados
de Al Qaeda transiten por esa gran franja basculando hacia Mauritania, al
oeste, y Níger, Chad y Sudán, al este, en una suerte de juego del ratón y el
gato que puede dilatarse el tiempo que sea preciso en una guerra de guerrillas,
de ataques selectivos o de atentados suicidas, tal y como viene sucediendo en
otros países de influencia salafista, como Somalia o Irak. Así lo confirma
también el reciente llamamiento del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon,
relativo al temor expresado por el Frente Polisario a que el conflicto maliense
se extienda al Sahara Occidental. En cualquier caso, no parece nada creíble esa
retirada que emprendió el ejército francés el pasado martes con apenas un
centenar de soldados, de los más de 4.000 que había desplegado, hacia sus bases
de Costa de Marfil, inmersa en un silencio crítico tras la guerra civil postelectoralde 2010 que acabó con el desalojo de la presidencia del díscolo Gbagbo a
favor de Ouattara, eso sí, con la huella aún caliente de la tragedia por la
sangre derramada. El círculo del reboso africano de Hollande se completa por
ahora con los intereses renovados de Francia en las repúblicas Centroafricana y
Democrática del Congo, bajo sendas crisis armadas, y con el equilibrio medido entre
el desapego africanista de su antecesor, Sarkozy, y el denostado estilo
françafrique del histórico Mitterrand, para continuar mandando en el continente
negro, pase lo que pase.
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